La música que falta
No te ha pasado que prendes la radio y te preguntas qué le está pasando al mundo. ¿Qué está pasando con la música? ¿Ahora qué vamos a escuchar? En algún lugar entre el despacito y todos los niveles de misoginia posibles en el reguetón, hay cosas que terminan por pegársele a uno, hasta que un día te invitan a bailar y no te queda más remedio que reconocer que te sabes de memoria una canción de Justin Bieber. Por más odioso que te resulte eso también es ser hijo de tu tiempo, más en una época en que lo que está de moda está ahí en todos lados, todo el tiempo.
Independientemente de que me gusten o no los géneros más populares hoy en día, como el pop, el reguetón, la bachata, el caso es que siento que hay muy poco discurso en lo que escuchamos hoy. A menos que te gusten las banditas independientes a las que sólo accedes si tienes un amigo medio depresivo e insomne que se ha tomado el trabajo de hurgar en las profundidades de YouTube o que se haya tropezado con un tesoro en un bar, lo cierto es que uno escucha pocas cosas que te hagan detener un momento a pensar, o incluso que te muevan profundamente. La última vez que me pasó fue con un disco de The National, pero aunque amo esa banda estoy consciente de que ¿cambiar el mundo? Pues tan lejos no llega.
La gente hoy escucha Piki y Shaky. Canciones que para mí son una incógnita total. Hago el ejercicio de imaginar cómo se escribieron. Si fue alguien que dijo, mira pon doce veces Shaky en un papel y llama al manager de Daddy Yankee. A veces cuando sufro escribiendo esta columna me pregunto si podría hacer eso aquí, quiénes lo apreciarían y bueno, si tal vez me daría un éxito que no voy a negar que también quiero. Pero ahí están en nuestras radios, bibliotecas, discotecas, en los pies de las tías que se sienten muy modernas cuando las bailan en las bodas.
No quiero demonizar a los artistas populares. Después de todo hay días en la vida que no dan para el heavy metal, ni siquiera para Beethoven, mucho menos para las canciones más oscuras de The Beatles. Pero uno se pregunta en dónde y cuándo se están haciendo las creaciones que tienen que mover a la humanidad hacia los próximos pasos en un mundo que parece confundido, aletargado y perdido. Somos una generación nostálgica por un pasado que tampoco era tan bueno, pero con miedo de un futuro que pareciera no estar tan lleno de todas las soluciones que prometía el fin del siglo pasado.
No dejo de pensar en el famoso Sugarman cuya historia ganó el Oscar a mejor documental hace unos años. Sugarman es un hombre pobre de Detroit que escribía y cantaba, y un día grabó un disco. Pero que por cosas de las disqueras y la vida nunca logró la fama que merecía. Del estudio de grabación volvió a su vida pobre de trabajar en construcciones. Mientras tanto su trabajo terminó inspirando todo un movimiento de cambio en Sudáfrica. Sugarman tenía una vida poco envidiable, pero su trabajo había sido el motor de millones de personas que soñaban con cambiar radicalmente la realidad de su país.
Yo siento que hace falta música de protesta. De esa que te hace levantar y luchar por una causa, perdida o no. Que te mueve los huesos, las vísceras, las emociones, las convicciones, que te cuenta tu vida o te anima a hacerte las preguntas más incómodas sobre ti mismo. En fin, que está bien la música que te hace alzar los brazos, pero qué ha pasado con la que nos hace alzar la voz.
Nos hace falta un Nabucco de Verdi, una sinfonía de Beethoven o de Mahler, la trova de verdad, las canciones de los españoles de los setenta que se desgarraban sobre su patria, nos hacen falta las historias, los gritos, las lágrimas. Las notas profundas, melancólicas, tristes, las que indagan sobre el ser humano y su razón de ser. Las que nos ponen a escuchar, las que nos dejan en silencio, compungidos y hasta molestos. Nos hace falta música de esa que inspira la historia y sus profundos movimientos.