LA PAZ A CUALQUIER PRECIO Y EL PREMIO NOBEL
Conocidos los resultados del plebiscito queda claro lo siguiente: el 62.6 % de los electores aptos convocados por el presidente se abstuvieron de votar (unos 22 millones de colombianos); y, en medio de la euforia triunfadora de algunos, solo el 19% aproximadamente votó “no” mientras que un poco más del 18% dijo “sí”, sin olvidar los votos no marcados y nulos. Venció la abstención y, con ella, un país escéptico, cansado, o con otra concepción sobre el asunto, que no cree en políticos venales; los ciudadanos, pues, rechazaron la forma como se manejó este oscuro proceso.
Así las cosas, es evidente que el país rechaza las presiones, las encuestas amañadas, el río de dinero utilizado para comprar conciencias, la engañifa, etc.; no quiere más vanidades ni arrogancias, poses dictatoriales, mesianismos y encuestas manipuladas. ¡Afuera quedan las proclamas palaciegas y el renovado ruido en los foros internacionales!
Por eso, incurre en un embuste más Santos Calderón cuando dijo que “la otra mitad del país ha dicho que sí” porque, así él no lo quiera creer, casi el 82% no sufragó o le enrostró su “no”; las cifras son terminantes. Su mendaz propuesta fue derrotada de forma estruendosa y ha perdido toda legitimidad para conducir el proceso, así grite a los cuatro vientos que no se rendirá y el Comité Noruego le haya otorgado el buscado Premio Nobel de Paz. Por supuesto, también fue vencida de forma clamorosa la agrupación criminal de las Farc cuya arrogancia todavía no ha sido perdonada y tendrá que negociar un acuerdo digno para todos, seguido de muestras inequívocas de paz.
Tampoco el expresidente Uribe Vélez –muy cauteloso y con aportes al diálogo constructivo, aunque trata de sortear el vergonzoso escándalo propiciado por Juan Carlos Vélez Uribe)– puede cantar victoria porque solo el 19% del electorado se pronunció en forma negativa y ese guarismo, no se olvide, está conformado por múltiples tendencias –una de las cuales la suya– que no siempre se identifican con sus comprometidas políticas regresivas. Las estadísticas frías tampoco mienten: el 81% aprox. del electorado convocado a votar de forma negativa escogió una de dos posibilidades: o no se pronunció o dijo que “sí”.
El auténtico proceso de paz que, de forma paradójica, nació hace una semana cuando al colectivo social se le dejó expresarse, no se construye con calculados discursos enfrente a las cámaras; en este momento se requiere el trabajo comprometido de nuestros legítimos líderes en campos, veredas y ciudades. La campaña pacificadora necesita pedagogía, siembra de valores y mucho perdón; por eso, es perentorio que todo el conglomerado se movilice y se manifieste.
Así las cosas, nadie se debe llamar a engaños: la paz solo se puede construir por los propios colombianos, sin necesidad de que dictadores foráneos nos impongan sus manos; ella tampoco pende de la voluntad de unas pocas personas. La paz debe ser fruto del diálogo honesto, sincero y transparente de todos los actores involucrados: victimarios (¡es perentorio convocarse al ELN a las conversaciones!) y víctimas, académicos e intelectuales, estudiantes de todos los niveles, agremiados, trabajadores, minorías étnicas, industriales, amas de casa, etc.; todos ellos tienen muchas cosas para decir máxime si están llamados a alumbrar el camino a las futuras generaciones. Pero la construcción de la paz, también requiere jalonar las transformaciones sociales en un país en el cual más de la mitad de sus habitantes tiene carencias: alimento, salud, educación, vivienda, agua potable, medio ambiente limpio y acceso a la propiedad.
Y algo que tampoco puede soslayarse: la concordia que buscamos solo se puede edificar a partir de la Constitución de 1991 que, con su programa pacificador, ha salido fortalecida, después de que el pretenso autócrata y su corro –cual piratas saqueadores– la quisieron abolir de un plumazo, cuando olvidaron algo elemental: ¡En el seno de una democracia la paz no se puede alcanzar a cualquier precio!