Columnistas

LA POLÍTICA ENDIABLADA

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15 de enero de 2018

¿Por qué un ciudadano tiene derecho a ser muy escéptico al examinar las noticias que están anunciando pactos, acuerdos, coaliciones en estos días inaugurales del año y de la nueva campaña electoral? ¿Por qué no deben sorprender las alianzas insólitas en las que no aparece el bien común en la mira, sino la obsesiva carrera proselitista en busca de un voto más, tan parecida a la guerra del centavo de muchas flotas de buses?

Nadie en la historia ha sido capaz de sacarle el diablo a la política. Todos los que lo han pretendido han fallado en el intento. Un profesor cuyo ejemplo de independencia guía a sus discípulos aconseja: “Si quieres meterte a la política tendrás que vértelas con todos los demonios”. Otro maestro de transparencia sostiene que en la política no hay amigos sino intereses.

Con admirables y escasísimas excepciones, hasta los políticos dispuestos a no quebrantar sus principios se estrellan contra la máquina milenaria y demoledora del poder. Innumerables jóvenes que se han comprometido con alguna campaña de fachada renovadora y limpia han salido desengañados porque se sintieron instrumentalizados y sólo fueron útiles para pegar carteles y repartir volantes en los semáforos. “Ese muchacho es muy valioso, pero no nos sirve porque es irreductible”, sentencian los jerarcas cuando reparten premios por servicios prestados a “la causa”. He oído decirlo desde mi época de estudiante universitario.

Desde el lejano Siglo Quinto, en la decadencia del imperio romano, San Agustín arremetió contra los políticos y los trató de asaltantes que sólo persiguen beneficios individuales. Con la política y los políticos no hay que hacerse ilusiones. No hay que rendirles culto ni echarles incienso ni prenderles veladoras. Lo más recomendable es no deberles favores ni ser sus incondicionales. El problema crucial consiste en que la apatía les deja el campo libre para que hagan y deshagan.

El ciudadano que se margine del conocimiento de la política y los políticos lleva las de perder. Para asumir una actitud ética son pertinentes tres opciones: 1) Sospechar y preguntar, para no engañarse y para sostener independencia y distancia crítica. 2) Mantener una ecuanimidad tolerante, libre de ese sectarismo apasionado y visceral que tantísimo daño ha causado en aldeas, pueblos e incluso ciudades. 3) Pues no habrá más remedio que escoger el mal menor, el menor de los males o el menor entre dos males.

En la novela Eva, más bien decepcionante, de Pérez Reverte, leí esto: “En momentos de mucho peligro, conviene caminar con el diablo hasta que has cruzado el puente... Sabía (Falcó) que la forma más segura de cruzar un puente era ser uno mismo el propio diablo”. Y qué tal si es en la política: ¡Habrá que volverse hasta el mismo diablo!.