LA SALUD, UN DERECHO COMPLICADO
Nací negada para las matemáticas. Recito de memoria las tablas de multiplicar y me va de maravilla con la regla de tres, pero hasta ahí.
Y a decir verdad, pocas veces había lamentado tanto esa limitación como cuando me tomé un café con el doctor Carlos Mario Ramírez, gerente saliente de Savia Salud. Mientras él intentaba explicarme los problemas de esa entidad con todo el conocimiento, la propiedad, los números, los porcentajes y las estadísticas, mi cerebro de calculadora cuentahuevos hacía esfuerzos sobrehumanos para procesar la información a la misma velocidad que la recibía. Fue inútil. Ese día perdí una buena oportunidad de entender la tal crisis desde la perspectiva financiera, pero conocí a un ser excepcional y honesto que prefirió renunciar a su cargo antes que quedarles mal a sus afiliados. Tan respetable su decisión como lamentable las circunstancias.
La salud es un problema de difícil comprensión. A su complejidad natural hay que sumarle intereses particulares, malos manejos, desviación de recursos y corrupción administrativa, como por variar.
El doctor Andrés Aguirre, director del Hospital Pablo Tobón Uribe y luchador sin pausa por los derechos de los usuarios, dice: “Una visión industrializada de la medicina convierte en pura mecánica una relación de ayuda, que es esencial y profundamente humana. Reparar sentimientos no es apretar tornillos ni aflojar tuercas. Ni los pacientes son máquinas ni los médicos, mecánicos”.
Doña Martha Inés Ramírez es una abuela de setenta años que desde hace nueve pelea contra diversas enfermedades, entre ellas cáncer de pulmón y linfoma óseo, que a su vez le han producido glaucoma, desviación de columna, osteoporosis y deficiencia renal. Una enfermedad de las llamadas catastróficas que la convierten en sobreviviente de una crisis que tampoco entiende.
Desde el desgaste físico, emocional y económico de su larga enfermedad, con una serenidad que admiro, doña Martha Inés comparte esta reflexión:
“Si los médicos supieran que ellos ocupan una parte importantísima en nuestros corazones. Que una sonrisa alentadora, un gesto, un detalle con afecto vale más que mil recetas y es el mejor antídoto para nuestros males. Que no pedimos engaños ni mentiras, pero tampoco realidades dichas en un tono despiadado que acelera nuestra agonía. Que ellos son seres humanos y la ciencia y el conocimiento logrado no pueden desplazar la sensibilidad del corazón. Que en esos momentos angustiosos, otro colega puede estar copiando su procedimiento con alguno de sus seres queridos. Que no hay mejor medicina que la buena atención humana y el respeto. Que no deben olvidar que la misión y el juramento de ayudar a sus semejantes, están por encima de la soberbia y el dinero. Que por su labor, amorosamente cumplida, recibirán una lluvia de bendiciones de la Misericordia Divina y la gratitud eterna de nosotros los enfermos y nuestras familias”. Amén, digo yo.
El doctor Ramírez, el doctor Aguirre y doña Martha Inés no tienen el mismo nivel de estudios ni la misma experiencia, pero algo los une: su trasegar incansable entre médicos, exámenes, autorizaciones, medicamentos POS y no POS, leyes, decretos, absurdos, conquistas y derrotas, porque a la salud todos tenemos derecho, pero no siempre tenemos acceso.
Además de mucha plata embolatada que no llega a donde tiene que llegar, para que la salud funcione también se requieren honradez, lógica, sensibilidad y humanidad. ¿Será posible algún día? Sí, tal vez cuando yo pueda resolver una ecuación cuadrática. Y perdonen el realismo .