LA SOLEDAD
La soledad es un sentimiento prolongado que llena el alma de ausencias y, al reducir el mundo material a su más mínima expresión, nos separa de quienes nos rodean; es un estado subjetivo que nos encamina a nuestro cosmos interior, y nos hace partir como aves migratorias para invocar al creador que siempre permanece taciturno.
Es un laberinto de dudas, una nave de olvidos anclada en el tiempo; una cosecha sin frutos o un amanecer desnudo. Es una oropéndola ciega sin mañanas, un gato que maúlla sus penas en el tejado, un cometa sin rumbo, o una luciérnaga anciana y huérfana que musita sus lejanas melancolías.
La soledad está colmada de alas negras y es comparsa de tragedias anunciadas o desgarramiento de las fibras más íntimas; en ella confluyen una miríada de ocasos o los caminos misteriosos del infinito. Es un agónico recital sin luces, un puerto sin recónditos veleros; la sonata de la mujer que ya fue adorada o un parto henchido de congojas.
Es una celda de castigos sin rejas, es cielo desierto o mar enlutecido; nuevos veranos o ayeres somnolientos, esperanzas idas o desengaños recolectados. Es concierto de infiernos o manifestación de fantasmas; aparición temprana de planetas o llamarada oceánica de peces amorosos en una noche huérfana de astros, cuando los trenes sin estaciones vagan errabundos.
La soledad es Don Quijote rebelde que pelea con los molinos de viento, es el amor por Dulcinea o la romántica presencia de una cuna repleta de ángeles puros; es la sirena de los marineros desengañados. Es el amor a oscuras cuando a través de la ventana se ven llegar los rocíos de la madrugada; una flauta pasmosa o el desespero de un cordero antes de ser sacrificado.
Ella es una misteriosa luna llena metida entre los edificios donde moran millones de seres olvidados; es el búho real que canta en el bosque bajo una danza de estrellas o sobre un lecho de rosas. Es no querer dar un solo paso y dejar que la nostalgia caiga con su palangana de retoños sobre la piel rumorosa.
La soledad es lucha de adioses, evocaciones y palomas, de cantos insondables fabricados en las espesuras; de amaneceres, en los cuales nuestros reencuentros inician sus cotidianas procesiones de mudeces. Con ella las añoranzas nos persiguen con sus atardeceres cosidos de arreboles; y, en instantes, nos alejamos de la dulzura de los jilgueros con el espíritu hecho girones.
La soledad es bramido del mar furioso o silbido de los vientos alebrestados; es la senda que lleva al triunfo o a las derrotas, es la roca desdeñada en el desierto. Es un arcoíris gozoso a media tarde o una tromba de golondrinas de invierno que tiñe las praderas; es canto a la vida y a la libertad, ropaje de sueños o eufonía de fantasías.
Pero también ella es volver a nacer, aroma de nuevas primaveras y atardeceres perfumados; ríos ya caminados y vuelos emprendidos en una explosión de ilusiones juveniles. Es retumbar de campanas y transformación de universos, es galopar por la playa tras los bañistas llenos de risas; ella lleva a la muerte pero también trae la vida, es preludio de la nada o festín de gozos.
La soledad es jolgorio de despedidas y reencuentros, preludio de bellezas, paraísos y músicas celestiales, de recitales heroicos y de frías caminatas galácticas; es el dolor terrenal o la ansiada paz purificadora. Ella crea eremitas sedientos de eternidad o innovadores que anuncian una aurora diferente, al llenar de lúcidas esperas las miradas; bajo su manto han nacido visionarios salidos de la niebla que terminan instalados entre carcajadas y carmines.
En fin, porque la poesía con sus sombras y titubeos es también recogimiento, resulta maravilloso poder cantar hoy de la mano de José Zorrilla, en sus “Recuerdos de Valladolid”: “cuán grato es ir sin camino con el corazón a solas, en la deliciosa calma de la noche silenciosa” .