La soledad, un tesoro
El diccionario dice que soledad es carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Afirmación discutible porque nunca puedo estar sin compañía, pues todo existe en relación y sin relación no existe nada, ya que la relación es el fundamento de todo. Y en caso de flotar en el vacío, el vacío es mi compañía. De mí depende el modo de vivirla, que si es de amor, cuanto más solo estoy, mayor es la compañía, pues amor es unidad de dos.
Soledad, excelente oportunidad de disfrutar las más gratas sorpresas. Necesito aprender a cultivar la soledad para hacer de ella la más amable realidad, como la atmósfera en que puedo descubrir el poder de valorar las personas y las cosas, comenzando por mí mismo.
Nada más deseable y sabio que vivir en soledad conmigo mismo para hacerme compañía. Me asombra sobremanera descubrir que yo existo para ser mi mejor compañía. Así me dedico tiempo para entrar en mi interior, amarme y conocerme con interés creciente y de esta manera estar en óptimas condiciones de amar a los demás, al cosmos y sobre todo al Creador.
Hablamos de la multitud solitaria hasta ver la soledad como epidemia. En realidad, de cada individuo y cada pueblo depende que la soledad sea maldición o bendición, pues la soledad no existe, existe la gente solitaria, para mal o para bien. Para Miguel de Montaigne (1533-1592): “La soledad es un instante de plenitud”.
Compuesto en la cárcel, lugar de abandono y maltrato, el Cántico Espiritual de S. Juan de la Cruz es un banquete cósmico. La comunión con todos los seres de la creación, sobre todo con el Amado divino, es orgiástica. En versos sublimes canta el místico el valor de la soledad. “En soledad vivía / y en soledad ha puesto ya su nido, / y en soledad la guía / a solas su Querido, / también en soledad de amor herido”.
Versos que el mismo poeta comenta. “Va... dando a entender el contento que tiene del bien que ha conseguido el alma por medio de la soledad en que antes quiso vivir, que es una estabilidad de paz y bien inmutable”. Me fascina hasta el delirio que el místico vea la soledad como estabilidad de paz y bien inmutable.
La soledad es para el místico la oportunidad de desasirse de todo, poniendo su amor en solo el Creador, que convierte la máxima soledad en la máxima compañía de todo lo creado, hasta poder apropiarse este decir: “Nunca encontré un compañero que me hiciera tan buena compañía como la soledad”.