Columnistas

La única república independiente

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24 de octubre de 2018

Conviene darles carta de ciudadanía a los sueños nocturnos. Legitimar su presencia durante una tercera parte de la vida de todos. No importa si al día siguiente no se recuerdan. Existen, provienen de alguna región oculta, han de engendrar plumazos importantes de la personalidad.

Ocho horas horizontales, brumosas, en que yacemos como estatuas de movimientos robóticos. Nadie nos vigila en esas penumbras, ningún organismo de inteligencia es capaz de inmiscuirse en esas noches de la conciencia. Los aparatos inventados fracasan, los sicoanalistas apenas barruntan.

Es el lapso de la libertad plena. Ni siquiera los protagonistas del sueño son dueños de sus propios sueños. Cuando toma el timón el inconsciente, es una persona desconocida la que produce humanidad. De ahí que la inteligencia nada tenga que ver con esas películas gratuitas.

Algunos pretenden conocer el modo de programar los sueños, pero nadie hace caso. Los vendedores propagan la entelequia de aprender inglés durmiendo, solo que de estas inducciones quizá se salga cansado. Dirigir el mundo onírico sería como reprogramar la carrera de las corrientes marinas. Nos queda grande.

Hay un trabajo que puede seguir trabajando en los sueños. Lo vivió la escritora brasilera Clarice Lispector quien así lo reveló: “yo trabajo cuando duermo, porque entonces me muevo en el misterio”. ¿Quién es capaz de dar juicios sobre el misterio?

Andar en el misterio es entregarse a la gran marea universal donde compiten fuerzas locas. De manera que esta clase de trabajo más bien es un abandono. A todos les sucede esta abdicación de la voluntad y del pensamiento cuando bajan a la tumba pasajera.

Pero muy pocos se someten al misterio, igual que Lispector, como quien moviliza sus fuerzas hacia un trabajo. Quien lo hace gana por partida doble, suma su conciencia y sus deseos a esa labor de titanes secretos que se adueñan de las noches.

Los sueños son la única república independiente. Allí no se entrometen los presidentes, allí no legislan los congresistas bachilleres, allí pierden el tiempo fascistas y comunistas. Los sueños son el último reducto de resistencia en medio de guerras y opresiones. Hay que creer en ellos porque en esas horas cada cual sigue siendo lo que es. Y porque de vez en cuando emerge de ese foso alguna rebelión incontrolable.