LA VISITA, MEJOR CORTITA
Uno de los recuerdos más gratos de mi familia tiene que ver con las vacaciones en la casa de la abuela. Era tanta la emoción de aquellos días largos y calurosos que solo cuando nos hicimos adultos nos percatamos de que el chocolate era muy clarito, la carne del almuerzo muy chiquita y diminuto el chicharrón de la comida. Y también ya viejos descubrimos las razones: Éramos treinta o más, entre tíos, primos y pegados, no se estilaba hacer vaca para sufragar gastos y, aparte de un paquete de pandequesos, confites o galletas, nadie llegaba con una provisión de víveres. ¡Qué descaro!
Hoy, que daríamos la vida por volver a sentir el sabor de sus pequeñas porciones, agradecemos profundamente su hospitalidad y su condición de anfitriona generosa. Pero el amor que sentía por nosotros y su generosidad ilimitada nos salvaron: Para ella siempre fuimos sus invitados especiales, en vez de un batallón de conchudos.
Por escasez de tiempo, espacio en las casas y plata en los bolsillos, ya no es posible recibir visitas de semejante tamaño, pero a veces se cuelan. Y no tienen que ser muchos: bastan dos o tres personas para que algunos se encarguen de rebajar su condición de huéspedes a intrusos indeseables.
En ese algunos, y no son pocos, caben los que piensan que, en vez de en la casa de una familia amiga que los recibe incondicionalmente, hicieron reserva en un hotel de siete estrellas con todo incluido, además de camarera: Comida a la carta, porque suele suceder que no les gusta lo que se sirve; no tienden la cama, aunque en sus propias casas son la mata del orden; creen que el hospedaje también incluye los taxis y en ocasiones hasta se hacen los pendejos para pagar la entrada a los sitios que desean visitar; quieren conocer toda la ciudad en cuatro días y planean los itinerarios sin tener en cuenta la rutina normal de los anfitriones.
Cuando una abuela recibe a sus hijos y nietos en su casa para las fiestas de Navidad, le toca estrecharse en sus espacios y en su tiempo, pero lo hace con agrado. Cuando se van seguramente queda muy cansada, pero satisfecha. Eso es amor.
Si la persona recibida no solo no agradece debidamente sino que además interfiere con el funcionamiento de la casa y no aporta en nada a los gastos, hay una combinación de servilismo involuntario por parte del anfitrión. Y mucha desfachatez, seguramente inconsciente, por parte del visitante, que lo convierte en un intruso estorboso al que con gusto despacharíamos en un cohete rumbo a Saturno.
La hospitalidad es una virtud que encaja sin esfuerzo en nuestras tradiciones, pero implica cierto equilibrio de lado y lado: Quien recibe la visita ofrece con generosidad sus elementos de vida y los espacios disponibles para dar albergue, así sea haciendo tendidos en el piso de la sala. En contraprestación, los huéspedes deberían poner de su parte para no convertirse en una carga más pesada que su equipaje y recordar que “la visita, mejor cortita”.
No sea que una vez se despidan los viajeros, después de mucho batir la chocolatera en seco, los anfitriones corran a sacar la escoba que habían parado detrás de una puerta y suspiren aliviados mientras reafirman que “muy bueno cuando vienen, pero mejor cuando se van”.