Lamento gomelo... por don José
Hace 50 años en los restaurantes y cafés más “dediparaos” de la carrera Junín, en el Centro de Medellín, estaba prohibido el ingreso de los nadaístas. Esos poetas irreverentes y revoltosos que atormentaban con sus provocaciones a la sociedad católica y pacata de entonces. No podían entrar por ateos, peludos y desaliñados.
Es evidente, hoy, que en los restaurantes top de la ciudad los porteros y vigilantes tienen la instrucción inquebrantable de impedir el ingreso de músicos callejeros, vendedores de pulseras y, cómo no, de mendigos e indigentes. Ningún desharrapado tiene cabida allí.
En parte, es una política de los establecimientos para cuidar su imagen, pero es mucho más una exigencia de los clientes que no conciben pagar por un plato y estar sentados al lado de alguien que no llega en calidad de comensal e incumple los protocolos y la etiqueta del lugar.
La discriminación, o léase si se quiere el derecho de admisión, son tan antiguos como el oficio mismo de la restauración. No se trata de validar esa exclusión, sino de recordar que hace rato existe. El ritual de la alimentación tiene caprichos de gusto y privacidad, lejos de un sentido elitista. Hay comensales que incluso, si les fuese posible, prescindirían de los meseros. Obsesionados con la asepsia, la intimidad y los modales.
Esta semana un video publicado en una red social armó un cataclismo nacional. La hecatombe antes de las elecciones presidenciales.
Una modelo, pintora y comunicadora social paisa se dolió de la discriminación contra un cantante de música popular en un restaurante de la “calle de la buena mesa”, en el sector Manila, de El Poblado.
Don José se convirtió en personaje sin siquiera enterarse. La modelo y su amigo criticaban que no se le permitiera a este “campesino” sentarse a manteles y, al final, lo llevaron a su mesa y levantaron una polvareda mediática que es apenas otro episodio de “muchachos bien” haciendo populismo social, sin calcular sus efectos: algunos ciberjusticieros incitaron a quemar el establecimiento (¡!).
El Restaurante Taquino, lugar sencillo y agradable de almuerzos ejecutivos, tiene más de 25 años de existencia. Debieron valorar los denunciantes que allí a don José le permiten cantar y recoger unos pesos entre la clientela. En ninguno de aquellos restaurantes refinados él podría “guitarrear”. El mismo don José agradeció que lo aceptan y tratan con decencia.
Queda la inquietud sobre si “Vale” y “Cami” estarían dispuestos a grabar con su celular a los gerentes o administradores de sitios exclusivos rechazando en sus mesas a los cantantes de acera y mendigos que transitan bajo el cielo de esta provincia y este país del Sagrado Corazón, como lo llamaba el nadaísta Gonzalo Arango.
Nos enteraron de su sensibilidad y caridad católicas, publicitadas y expuestas para el cotorreo y la rapiña en las redes. Pero los cambios y la dignidad se cocinan de otra manera. Olvidan que a menudo a los mendigos, poetas, músicos y locos, la historia les da las sobras por la puerta de atrás. A don José, en Taquino, le empacan el plato fresco y entero, y lo dejan entonar Mamá vieja.