Columnistas

Las alianzas políticas y su voracidad

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17 de enero de 2018

Hierve la pequeña política a causa de las alianzas entre innumerables cabezas. Cada candidato malicia que solitario nunca llegará al primer cargo. Todos esgrimen supuestos principios inamovibles, básicos para abrazarse con alguno de sus pares.

Las fechas no dan tregua y los jefes no ceden en sus posiciones ni en su confianza ilusoria hacia el triunfo. Desde su orilla el pueblo contempla estos malabares entre risueño y descreído.

En el siglo XIX, cuando se fraguaron las teorías que incendiarían el XX, trotó por toda Europa el más célebre de los filósofos del anarquismo, el ruso Mijaíl Bakunin. De barba pobladísima y vientre potente, fue primero amigo y admirador de su contemporáneo Marx, luego contradictor.

Mucho aprendió sobre triquiñuelas en política. Y por supuesto sobre coaliciones. He aquí su conclusión: “Todas las experiencias de la historia nos demuestran que, en la alianza de dos partidos diferentes, resulta siempre beneficiado el más retrógrado. La alianza debilita necesariamente al partido más avanzado al menoscabar y falsear su programa, al destruir su fortaleza moral, su confianza en sí mismo”.

Sorprende que el líder anarquista no apele a la metáfora de los platillos de la balanza. Si lo hubiera hecho consideraría que el partido ganador fuera el más nutrido y votado hasta el momento. Este por obvias razones pesaría en su platillo más que sus aliados.

El criterio cuantitativo no prima, para Bakunin. Para él lo decisivo es la ideología, el programa. Pero sorprende más que el astuto filósofo le otorgue primacía en la alianza al grupo conservador, en perjuicio de las prerrogativas elevadas del asociado de avanzada.

El argumento, claro está, no es político ni jurídico ni ético. Es llanamente histórico: “todas las experiencias de la historia lo demuestran”. Así ha sido y así seguirá siendo.

Aquí aparece una paradoja. El padre del anarquismo –como se considera a Bakunin-, doctrina que pide la supresión del Estado, la religión, el trabajo forzado por el hambre, se agacha reverente ante los hechos políticos acumulados por el tiempo.

¿Significa esto que la política y sus ardides resultan más tercos que las demás instituciones humanas? ¿Y que el ego, la ambición, el hambre de poder son voracidades invencibles? El triunfo en las alianzas, de los más retrógrados sobre los utópicos, así parece advertirlo.