LAS GRANDES GUERRAS CLIMÁTICAS VICTORIANAS
Por Peter Moore
La historia del debate actual sobre el cambio climático podría haber empezado el 7 de febrero de 1861. Ese día, un físico irlandés llamado John Tyndall, profesor de filosofía natural, dictó la conferencia anual bakeriana a la Sociedad Real en Londres.
De ojos oscuros y genio vivo, Tyndall era una figura deslumbrante quien atrajo grandes audiencias a sus discursos públicos sobre temas nuevos como la glaciación, la radiación y el sonido. “Nunca vi semejante asistencia en los salones de la Sociedad”, escribió en su diario esa noche. Hasta Alfred Tennyson, el laureado poeta, se sentó entre los “muchos hombres nobles presentes”.
Tyndall tenía noticias. Reveló que durante dos años había estado estudiando las propiedades de absorción de calor de los gases. Se dio cuenta de que para que la atmósfera de la Tierra mantuviera su temperatura constante, ciertos gases deben ser capaces de atrapar calor radiante. Esta inquietud, dijo, era ‘terreno perfectamente inexplorado”.
Sus experimentos habían demostrado que gases como oxígeno, hidrógeno y nitrógeno retenían muy poco calor. Pero otros, en particular dióxido de carbono, absorbieron sorprendentes cantidades de radiación, “casi 100 veces más que el oxígeno”, dijo.
Para las mentes avispadas en el auditorio, la implicación del descubrimiento de Tyndall era clara. Mientras más altas las concentraciones de gases absorbentes en la atmósfera, más altas serían las temperaturas atmosféricas. De este modo se sentó la base teórica para la ciencia climática, aunque pocos podían haberse imaginado que, más de 150 años después, el descubrimiento de Tyndall sería uno de los grandes debates políticos del momento.
La de Tyndall no fue la única contribución a nuestra comprensión del clima de la tierra y sus amenazas ese año. Ese invierno sombrío de 1861 fue tormentoso. A medida que Tyndall hablaba, vendavales atlánticos estaban arrasando por Inglaterra, desde la costa irlandesa hasta el Mar del Norte. A unos diez minutos de donde estaba Tyndall dando su discurso en Londres, un veterano de la Naval Real, Robert FitzRoy, estaba comenzando un audaz experimento meteorológico.
Tyndall conocía a FitzRoy. Ellos ínteractuaban en los círculos intelectuales de Londres y habían estado en el mismo comité de la Asociación Británica. En los siete años anteriores, FitzRoy también estaba cogiendo fama, como cabeza del nuevo Departamento Meteorológico del gobierno británico.
La meta inicial de este departamento era recoger datos sobre el viento partiendo de los registros de los barcos y trazar los descubrimientos en mapas náuticos.
FitzRoy era un hombre energético, de mente independiente, quien tres décadas antes había sido capitán del ‘Beagle’ durante su celebrada circunnavegación con el joven Charles Darwin a bordo. Cerca de Cabo Cuerno y la desolada costa de Tierra del Fuego, FitzRoy había estudiado modelos del clima, aprendiendo a predecir cambios atmosféricos repentinos.
La teoría meteorológica había progresado durante su carrera, pero había tenido poco efecto práctico. El cielo era considerado por muchos un ámbito divino, no un lugar para la ciencia. Entonces las tormentas seguían soplando sobre Gran Bretaña sin aviso, hundiendo barcos y botes de pesca a su paso. En la década de 1850, más de 1.000 marineros se ahogaron en la costa británica cada año.
Para el admiral, esto era una atrocidad. En febrero de 1861, tenía la autoridad para actuar. En su oficina en Whitehall, estudió informes del tiempo de la costa. Si detectaba una tormenta, enviaría un telegrama al puerto relevante, donde una señal de advertencia podía ser elevada en el puerto.
En seis meses, sus advertencias de tormentas habían evolucionado para convertirse en predicciones avanzadas hechas bajo un término de su propiedad: pronóstico.
El debate sobre el cambio climático de hoy en día ha evolucionado en gran parte como la controversia del pronóstico de la década de 1860. Surgen preguntas similares: ¿cómo podemos tener confianza en los científicos para advertirnos de peligros que vienen? ¿Qué costos económicos podemos esperar?
Estas disputas sobre el clima siguen resonando en parte porque la meteorología está entre las ciencias más difíciles. Es uno de los pocos campos de la ciencia aplicada que exige predicción. Como cualquier predicción requiere de incertidumbre y la incertidumbre es un anatema para los científicos, la meteorología parece estar condenada a existir en un espacio intelectual tenso.
Más de un siglo y medio después del discurso de Tyndall sobre el gas de efecto invernadero y la primera advertencia de tormenta de FitzRoy, una vez más nos encontramos en un tiempo en el cual el trabajo meteorológico es criticado por costoso e inexacto. Los cientificos climáticos de hoy pueden encontrar inspiración en la historia de FitzRoy. Su trabajo es visto como un triunfo de la ciencia práctica contra violenta oposición, y una celebración del tipo de humano excepcional que necesitamos para hacer posible el cambio.