Las pandillas en Colombia
Para escribir esta nota me he valido de un buen artículo de la revista Semana, fechado el 11 de septiembre de 2016 y de una página de Google: modalidades de atraco en Colombia.
Comencemos por definir el nuevo lenguaje. Los ‘parches’ son grupos de unos 10 amigos que se crean en los colegios para defenderse de los atracos, del matoneo y ganar popularidad. Los ‘combos´ son grupos de jóvenes menores de 28 años, que se integran en los barrios, por falta de ocupación, por culpa de los núcleos familiares desintegrados, los cuales son remplazados por la cohesión del grupo con el fin de defenderse mutuamente; infortunadamente, terminan en el microtráfico, delinquiendo y amenazando con armas cortopunzantes. Las ‘pandillas’ son grupos más numerosos aún, con propósitos similares a los anteriores; pero ejercen, además, controles territoriales, trafican con mayores cantidades de drogas y les cobran extorsiones a todos los indefensos moradores de sus barrios, para lo cual ya emplean sus armas de fuego.
Las pandillas -afirma el articulista de semana- “no son bandas criminales (bacrim) ni organizaciones delincuenciales integradas al narcotráfico (odin)... Según fuentes de inteligencia, funcionan como empresas que deben dar resultados. Un muchacho al que le dan 1.000 cigarrillos de marihuana debe responderle al patrón por un millón de pesos, pero es solo un coordinador que gana más o menos un millón y medio. Al verdadero capo nadie lo ve nunca... Llevan registro de toda la mercancía y, en caso de descuadre, el muchacho del parche debe responder. Cuando las autoridades les incautan la droga, debe recuperarla con el pago de un rescate”.
Quien escribe sospecha que el verdadero capo muy seguramente esté vinculado con las Farc, el ELN o con una odin. Y el pobre pandillero con alguna certeza responderá con su vida, a no ser que sus compañeros le ayuden a pagar la droga incautada con los modestos 100.000 pesos semanales que recibe cada uno.
Según el Inpec, en 2015, se recluyeron 15.000 hombres y 1.000 mujeres por culpa de estos delitos. Me consta, incontables habitantes y pequeños negocios de los barrios de bajos ingresos en Medellín, pagan una extorsión semanal, sí, semanal. En el artículo de Semana figura Medellín, sin embargo, entre las grandes ciudades colombianas, como la de menor número de pandillas, enfrentamos elevadas 90.
El asunto es tan complicado que se ha intentado endurecer la legislación de infancia y adolescencia. En 2011, la Ley 1453 permitió bajar la edad para imputar a los menores de 16 a 14 años, a la vez que les aumentó las penas. Los sicólogos parecen coincidir en que a tan temprana edad el adolescente no comprende bien las sanciones por su mal comportamiento.
La solución parece estar por el lado de la reducción de los cinturones de miseria con empleo para los padres y educación y empleo para los jóvenes, para preservarles su unidad familiar. Recordemos que “cuando la pobreza ingresa por la puerta, el amor y los pandilleros saltan por la ventana”.