Columnistas

¿Le estaremos fallando a los hijos?

Loading...
16 de mayo de 2016

Los paseos que organizan los estudiantes para celebrar la finalización de su vida escolar son una tradición cuyo propósito, inicialmente, fue la de reunirse con sus compañeros para celebrar su graduación, compartiendo unos días de sana diversión en algún balneario, supervisados por padres o profesores. Lamentablemente hoy en día esos paseos se convirtieron en un viaje de varios días, con toda suerte de parrandas y sin la supervisión necesaria, en los que se les permite a los jóvenes que hagan todo lo que los divierta, indistintamente de si está bien o mal. Como resultado, a menudo se han convertido en una experiencia en la que le dan rienda suelta a una serie de excesos sin ningún control o restricción.

Por mucho que confiemos en la formación que les hemos dado a los hijos, ellos son jóvenes inmaduros y vulnerables, capaces de tomar riesgos muy serios. A pesar de que estos eventos solían ser supervisados por algunos padres y profesores, hoy muchos colegios no los apoyan. Así, el entorno en que tienen lugar estas inolvidables “vacaciones” lleva a que corran serios riesgos. En efecto, se trata de jóvenes que buscan desafiar el peligro, reunidos sin más propósito que el de parrandear a rienda suelta y todo esto cuando todavía “adolecen” del autocontrol, la responsabilidad y la madurez para reconocer las implicaciones tan serias que pueden tener sus actos.

Lo grave es que, en nuestro deseo de mantener a los hijos contentos, podemos estar poniendo en peligro su integridad y su bienestar. Los padres debemos recordar que amar a los hijos no es hacer todo lo posible por verlos siempre felices, sino tener la valentía para resguardarlos de todo lo que pueda implicar un serio peligro para ellos. En la adolescencia esto incluye protegerlos de sí mismos, de su falta de responsabilidad, de su descontrol, de sus fantasías de inmortalidad... así se enojen o se frustren.

Amar a los hijos es no permitir nada que pueda implicar un serio peligro para ellos. No los amamos lo suficiente cuando consentimos que ellos participen en experiencias que pueden atentar contra su integridad física, emocional o moral. Recordemos que buenos padres no son los que se aseguran que nada les falle a los hijos, sino quienes que no les fallamos como padres.