Columnistas

Leerle a una mosca

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28 de julio de 2016

No es casualidad que mientras escribo esta columna una mosca ronde mi cabeza, se pare un segundo sobre “El origen”, de Thomas Bernhard, ponga sus paticas peludas en el borde de la taza de café que ya terminé, adopte una postura similar a la del hombre araña en el techo. No es normal que las moscas vigilen mi estudio, a veces aparecen, dan un pequeño paseo por los anaqueles, como si contaran las novedades, y luego se van sin que yo me percate. Pero esta vez la mosquita no se quiere ir, quiere escuchar lo que leo en voz alta, se dio cuenta de que el relato ha sido escrito por un pariente suyo que voló México hace unos cuantos años y le dio por escribir un diario.

“Es tan insignificante el peso de mi cuerpo, que ni siquiera dejo huellas cuando vuelo”, leo, y la mosca se queda quieta, hipnotizada sobre la antena del teléfono inalámbrico. Luego, cuando vagamos juntos por una escena donde un grupo de niños descubre a su pariente mosca y uno de ellos la aprisiona “entre una cárcel de deditos gordezuelos y empolvados”, se inquieta, vuela desesperada y nerviosa como si quisiera huir de esas palabras que ponen en evidencia la crueldad de los niños cuando dicen: “Enterrémosle un alfiler”. Otro: “echémosle agua”. Otro: “cortémosle las alas”. Trato de leer más rápido, apresuro ese pasaje para que la pobre no se siga dando contra las paredes, contra la puerta, contra una persiana, como si así no escuchara lo que leo. Quiero encontrar un párrafo que al menos la tranquilice o le diga de una vez por todas qué pasó con su pariente, para que desfogue su dolor o su alegría. Ni modo decirle que esto apenas es literatura, que no se tome todo tan apecho. Al fin llego a un párrafo amable, a la salvación de la mosquita viajera que sobrevivió a ese terrible 14 de junio.

La mañana se nos va entre palabras y zumbidos. Yo apenas me detengo para beber agua y para subrayar algo que a ella le gusta, supongo, porque da un saltico sobre una línea que acabo de leer. “Pasé la noche en una pastelería...Estoy harta, hoy no escribo”.

Al terminar, nos damos cuenta de que hemos pasado por cosas tristes, cómicas, tontas, deshilvanadas, hemos gozado con estas soledades compartidas que quedaron escritas hace más de 50 años y que ahora casi nadie recuerda. Cierro el libro, la mosca se va, al parecer tiene una cita con el enamorado de todas las moscas, el “Licenciado Mos-Cote”. Leo otra vez el título de este pequeño libro: “Diario de una mosca”, y me quedo pensando en este cuarto donde vuelan las palabras, por qué sabemos tan poco de esa mujer que lo escribió: Emilia Ayarza (1919-1966).