Columnistas

LOBO O CORDERO

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09 de agosto de 2015

Pasé tres semanas de julio en Europa, entre el trabajo (poco) y el descanso (al que me resisto a entregarme). Todavía ahora escribo desde Cerdeña, una isla del mar Mediterráneo y región autónoma de Italia. Caminando por los pequeños puertos de la isla, así como por los de Córcega, sintiendo la placidez que todavía envuelve la vida de esta gente, no pude evitar la nostalgia por lo que nunca hemos vivido los metropolitanos.

En aquellos tiempos no había el furor por la información en tiempo real. Es verdad que la noticia de un ataque pirata a una localidad entre Génova y Split llegaba a Nápoles en tres horas, gracias a los fuegos que encendían los responsables en tales ocasiones en torres a lo largo de la costa de Portofino.

En la actualidad no pasa un día o una noche sin que el celular o el correo electrónico perturben la paz del pretendiente al sosiego.

Así pues, tuve mi tranquilidad interrumpida, no por la agitación de los mares, sino por el lento y continuo noticiario sobre el desmoronamiento de lo mucho que se construyó en Brasil a partir de la Constitución de 1988. La desagregación viene de muy atrás pero parece haber rebotado con más fuerza en el mes de julio. Para la opinión pública se hizo claro que la crisis actual no tiene nada que ver con “allá afuera’’ y que es el colmo del ridículo insistir en que la culpa es de Fernando Henrique Cardoso.

Se hizo evidente que hay un cúmulo de crisis: de crecimiento, de desempleo, de funcionamiento institucional, moral, de conducción política. Tardíamente, los círculos petistas (miembros del Partido de los Trabajadores, PT) se acordaron de que quizá sería oportuno hablar con los tucanos (miembros del Partido de la Social Democracia Brasileña, en la oposición).

Con motivo del viaje que la presidenta Dilma Rousseff y los expresidentes hicimos juntos a Sudáfrica en diciembre de 2013, para asistir a los funerales del ilustre Nelson Mandela, les dije a todos que la desconfianza de la sociedad en el sistema político había llegado a límites peligrosos.

Dije también que todos los ahí presentes, independientemente del mayor o menor grado de responsabilidad de cada uno, deberíamos ponernos de acuerdo y proponerle al país un conjunto de reformas para fortalecer las instituciones políticas. La propuesta cayó en el olvido.

En aquella ocasión, como en otras, la respuesta del dirigente máximo (el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva) del PT fue bien de desprecio, bien de reiteración de la confrontación, mediante la repetición del refrán autorreferente de que antes de él, todo estaba peor.

Y ahora, una vez más, sin decir una sola palabra sobre la crisis moral, volverá a la cantinela de que la inflación y el desempleo de hoy son menores que en 2002, omitiendo el hecho de que, en aquel año, la economía sufrió por el miedo de lo que podría llegar a ser su gobierno. Sobre la crisis de hoy, ninguna palabra...

Cuando una reportera me preguntó si el expresidente Da Silva me había enviado emisarios para abrir un diálogo, le respondí que él no precisaba de intermediarios para eso, pues tiene mis teléfonos. Y condicioné ese posible encuentro a que sea para discutir en público una agenda de interés nacional. ¿Por qué eso? Porque no tendría legitimidad ninguna conversación que oliera a conspiración o, peor aun, que permitiera la sospecha que se desea evitar la continuación de las investigaciones en marcha, que fuera percibida como una maniobra para desviar la atención del país del foco principal, el deslinde de responsabilidades.

En suma, toca a los dueños del poder el mea culpa por haber supuesto que siempre serían la única voz legítima que defiende el interés del pueblo.