Locomotora 25
Un amigo dice que en el nuevo retrato que acompaña mi columna en EL COLOMBIANO quedé con cara de maquinista. O de cliente que espera el tren.
Uno tiene la cara que puede, no la que quiere, pero ambas interpretaciones me enaltecen. Por lo demás, está claro que fotógrafo no da lo que natura no presta.
¿El nombre del amigo? Sí lo sé y sí lo digo: Jesús Amaya Alzate, abogado, octogenario de quince años, musicólogo, educador, conversador insomne, conservador insigne, católico de amarrar en el dedo gordo de los que hacen el bien sin mirar a quién, exfuncionario del Sena y un etcétera de aquí a Santa Rosa de Osos, su terruño.
Amaya Alzate, AA, adoptó el verbo que conjugaba el emperador Augusto, según cuenta en sus memorias misiá Margarita Yourcenar. Ese verbo es servir. AA, abstemio furioso, ama y practica ese verbo. Lo primero sin lo segundo es como perdonar sin encimar olvido.
Otras opciones que contemplé para exhibir en foto semanal el código de barras de septuagenario que me acompaña como el perrito de la Víctor, fueron el puente de Occidente y el tranvía de Ayacucho. Tiré la moneda al azar y cayó por el lado de la locomotora que se pavonea en la plaza del cubano Cisneros como una diva del cine mudo.
Amo el tren como los corruptos aman los contratos. O como los del ELN idolatran los oleoductos para dinamitarlos, las Farc sus cultivos de coca, su “modus comiendi”, los santistas el poder, el Centro Democrático la “puestocracia”. (En Antioquia, están que se “sacrifican” para colaborarle al gobernador Pérez Gutiérrez).
Con Ofelia Peláez me disputo la condición de gamín del tren. Por eso no me perdía paseo a Cisneros en ese cachivache. Supongo que una locomotora como la 25 nos llevaba y traía como cualquier correveidile.
Siempre de negro elegantemente vestida, tiene quien la limpie. Colaboran en su polichada el viento y el sol. Parece pulida por el tiempo “como las sentencias de los hombres” (gracias, Borges).
A Cisneros íbamos a darle de comer al ojo espiando bañistas ligeras de equipaje en los charcos, y a darnos piquitos inocentes en el túnel de la Quiebra, si habíamos coronado novia dominical. Ese romance duraba lo que dura la ficticia noche que genera un túnel.
Ganas me dan de invitar la locomotora a helado, a una cerveza al parque de los pies descalzos, a cinemateca, a darle la vuelta a la manzana.
Cuando me vea apurado de tema, víctima de la tal hoja en blanco, pensaré en la locomotora 25 para inspirarme.
Mezcla de chatarra y nostalgia, la locomotora parece un dinosaurio jubilado. No sé por qué me recuerda a Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia. Como dirían los socialbacanos, la 25 es una metáfora del ocaso. La interpreto como mi propio retrato hablado