Los Abuelos
En estos días de vacaciones de Semana Santa nos quedamos con los abuelos dos maravillosas semanas. Mis papás son abuelos consentidores y divinos, de esos que dan chocolate, cuentan cuentos, hacen laberintos y ayudan a armar ciudades de lego. Mientras escribo esto mi papá busca canales de dibujos animados, y pelea con mi hijo por el control, que él a sus seis años maneja con más destreza que nadie en la casa. Entre un episodio y otro de Tom y Jerry ven transmisiones de ópera. Entonces mi papá le cuenta, como si fuera un cuento la historia de Carmen, cosa que de vez en cuando me hace mirarlo con reprobación, con esa cara de qué cosas le estás diciendo a mis hijos.
Nos fuimos de Venezuela hace casi dos años. Hasta entonces los abuelos eran parte de nuestra cotidianidad. De las cosas más bellas que tenemos los latinoamericanos es ese pulmón de nuestra vida que es la familia. No importa si eres hijo único, si no tienes primos, de algún lado te va a salir ese familión que te quiere hasta los huesos, te critica sin piedad, sin el que no puedes vivir y sin el que no concibes tu historia.
A nosotros el chavismo nos quitó muchas cosas. Desde propiedades hasta la posibilidad de hacer una vida tranquila en el país al que llamábamos nuestro. Ese ha sido uno de los días más duros de mi vida, aquel en el que entendí que si quería aspirar a un futuro tenía que irme. Lo más grande que perdimos fue la maravilla de vernos vivir. Ahora tenemos que inventarla y encontramos esos días y los atesoramos como nada. Nos abrazamos, nos disfrutamos, nos damos cuenta de las cosas que realmente importan en la vida: tenernos unos a otros.
Los abuelos son los que ayudan a construir la imaginación, la identidad, llenan ese vacío que dejamos los padres cuando la tarea de criar nos agobia. Son una extensión de nosotros, un espejo, una máquina del tiempo. En sus historias, lo que nos cuentan de lo que fue su mundo y la sabiduría que les ha dejado el haber vivido, están las fibras de nuestra identidad. Ellos nos ayudan a formar en valores, que los niños aprendan lo que es el trabajo, la honestidad, lo que realmente importa en la vida. Los seres queridos, los momentos de felicidad que no son otros que aquellos en los que uno mira al cielo y desde el corazón reconoce que no habría otro lugar en la tierra en el que quisiera estar.
Los abuelos son más importantes que nunca, en un mundo cada vez más propenso al aislamiento, al materialismo, en el que la gente vive con la cabeza metida en un teléfono y con las esperanzas puestas en marcas, el contacto humano, vivo, orgánico con la gente que más nos ama en la vida, que nos permitió llegar al mundo y que transita con nosotros, no sólo es necesario sino que se hace urgente.
Muchos padres se preocupan por las oportunidades que pueden dar a sus hijos, la educación, las clases particulares, porque tengan las herramientas que les permitan llegar a ser “alguien en la vida”. Y no es poca cosa, un futuro es mucho sacrificio y nuestra responsabilidad es que logren salir adelante cuando ya no estemos, que no dependan de nadie y que sean libres. Pero no podemos olvidar el alma, porque allí está la diferencia entre seres comunes y extraordinarios. Los que son capaces de ponerse en el lugar de otras personas, que practican la solidaridad, que se mantienen firmes y que llegado el momento toman el camino que quieren sin dejar de hacer lo honorable.
A los abuelos hay que gozarlos y aprovecharlos. No dejen de atesorar un momento, un día, una historia. Escúchenlos, abrácenlos, cuídenlos. Dense el lujo de proyectar su pasado, de mirarse en su espejo. Aprendan la risa, la nostalgia, el arte del recuerdo y de aprovechar la vida. Reconózcanse en su abrazo, en el color de su voz, en la cadencia de su paso. Jueguen con ellos y aprendan con ellos. Los abuelos llevan y nos traen del pasado, nos enseñan a creer en lo posible, son un motor, una lanza, son los seres que nos enseñan a creer en la magia.