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Los adjetivos de Siria

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Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.

01 de noviembre de 2016

Se acabaron los adjetivos para Siria. La comparación con el infierno, incluso, resulta insuficiente para el tamaño de la desgracia que vive un país cuya tierra, petróleo y costas le importan a muchos pero cuya humanidad, destrozada y ensangrentada, parece no tener dolientes.

La semana pasada, tras un bombardeo a una escuela en la ciudad de Idlib, que acabó de un estallido con la vida de 22 niños, el director de la Unicef, Anthony Lake, rebuscó entre su repertorio las palabras con mayor carga de reproche para condenar semejante carnicería. Dijo que era “una tragedia”, “un crimen de guerra” y “una salvajada”.

Los Cascos Blancos sirios, voluntarios que antes fueron sastres, herreros o vendedores ambulantes pero que ahora con la guerra conforman un grupo de defensa civil para salvar vidas de los escombros, aseguran que la lluvia de bombas arreció considerablemente en el último mes y que, en esta ocasión, los culpables son los aviones del régimen de Bashar Al Asad y sus aliados rusos.

El fuego continuo pretende acabar con los focos rebeldes que intentan derrocar al presidente y, al mismo tiempo, disminuir la fuerza del Estado Islámico. Vladimir Putin reconoce el trabajo e incluso no cree que en realidad exista mucha diferencia entre unos y otros.

Pero, mientras se sofoca la rebelión, vuelan los cuerpos de los civiles. Desde el 2011, cuando inició esta que es ya la peor guerra civil del joven siglo XXI, más de 300 mil personas han perdido la vida según las cifras más conservadoras de la ONU. Ciudades enteras que antes albergaban una economía próspera y en algunos casos, como Alepo, eran ocupadas por más de dos millones de personas, hoy son apenas hileras eternas de edificios en ruinas y callejones intransitables. Las fotos aéreas muestran a las antiguas capitales como hormigueros de tierra que fueron abandonados tras el fuego.

Moscú niega responsabilidades y culpa a Estados Unidos y a Europa por sus apoyos a los rebeldes. Nada nuevo. Siria vive en el péndulo de las acusaciones entre el Kremlin y la Casa Blanca mientras el contador de muertes se acelera. Las ofertas de cese el fuego se rompen aún sin iniciar y vuelve la tragedia a las calles. No hay palabras para describirla. Es un guerra por intereses económicos en la que la moneda corriente es la sangre de inocentes.