Columnistas

Los Atlas de la patria

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20 de abril de 2016

Se afirma con insistencia que todos los colombianos somos responsables de la guerra, por acción u omisión. Que cada cual habría podido hacer más para pararla, acortarla, eliminarla. Que, por lo tanto, íntegros los habitantes de este martirio cargamos con culpa.

Este discurso se asemeja al del pecado original. Cada niño nace, según esta doctrina, con una mancha impresa en su inocencia. A pesar de que el bebé no tiene que ver como individuo con esta lacra del destino, su vida queda inclinada hacia el mal.

Fechorías de antepasados ignotos, heridas milenarias que tienen comienzo en mitos, se manifestarían como estigma desde el primer segundo de la luz. Nadie logra descifrar la razón de este desequilibrio máximo en medio del orden universal.

Pues bien, una lógica parecida campea detrás de la acusación general frente a la llaga colombiana. El hecho de nacer como ciudadanos de este territorio nos matricularía como victimarios.

No importa que toda la vida hayamos resistido con las uñas, como gatos boca arriba. Ni que alcancemos altísimos grados de resiliencia, de recuperación tras las tragedias. Ni que nos ayudemos unos a otros brindando aguapanela, fríjoles y hamaca a los ocho millones de seres arrancados de sus tierras.

Lo grave de este razonamiento es que, detrás de la atribución de culpa colectiva, se esconden felices los verdaderos causantes de la carnicería. Porque los hay, son los sospechosos de siempre, los que se quedaron con aquellas tierras, los que vistieron de leyes y notarías estos despojos, los que dotaron de ideas, odio y armas a ejércitos rojos y azules.

No, no todos somos reos. Los reos son minoría pero producen más ruido, vociferan en Twitter, tienen resonancia en periódicos, emisoras y canales, saben cómo multiplicar los votos con sancochos.

Los hombres de la calle y los que quedan en el campo sudan a diario por el corrientazo y el arriendo, se muerden la lengua en los velorios, revientan sus venas cumpliendo deberes en que brillan por su ingenio. Apuntalan la patria, la pequeña porción de vida. Son titanes, son Atlas. No les queda tiempo para la política.

Ni por omisión ni mucho menos por acción, estas muchedumbres sostienen la guerra. Tampoco el caldo de cultivo para ella. No son victimarios, son víctimas. Media un abismo entre estas dos condiciones.