Columnistas

Los bandazos de una Oposición miope y candorosa

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29 de abril de 2016

Desde nuestra más temprana juventud aprendimos que la oposición es una democrática y conveniente opción partidista para ejercer un eficaz y decisorio control político en todos los niveles de la estructura piramidal del Estado, capaz de enderezar los destinos del país, corrigiendo errores e instrumentando grandes transformaciones institucionales y democráticas.

Casos elocuentes de exitosos experimentos de oposición no son pocos en la historia reciente de Colombia.

Cómo no recordar, por ejemplo, el más formidable movimiento de oposición, que logró convocar en torno de Alberto Lleras y de Laureano Gómez a la totalidad del “país nacional”, representado en los dos partidos históricos tradicionales, los empresarios, la Iglesia, los estudiantes, los obreros y los campesinos, para dar al traste con un gobierno antidemocrático y despótico, que propició vergonzosos hechos de corrupción, reproducidos hoy por vía de consanguinidad pero a unos niveles mucho más escandalosos, en la más gigantesca defraudación de las arcas del erario.

A ese par de históricos caudillos se unieron más tarde figuras cimeras del conservatismo y del liberalismo como Mariano Ospina Pérez, Alfonso López Pumarejo, Guillermo León Valencia, Carlos Lleras Restrepo y Gilberto Alzate Avendaño. Y a un nivel más regional: Luis Navarro Ospina, Alberto Jaramillo Sánchez, José María Bernal, Guillermo Mora Londoño, Fernando Gómez Martínez, Eduardo Uribe Botero, Dionisio Arango Ferrer y Jorge Delgado Giraldo, para no citar sino a unos pocos.

Los resultados concretos de su intrépida gesta opositora no pueden ser más elocuentes. En menos de dos años fue derrocada la dictadura y el país inició una nueva era de reconciliación y de paz entre los colombianos, poniendo fin a la violencia partidista que hacía décadas venía desangrando a la nación.

Hoy, por el contrario, la oposición no muestra resultados materiales concretos y significativos, porque no ha podido pasar del discurso, del grito histérico, y de la pobre estrategia de “ladrarle a la luna”, denostando inútilmente de la persona del gobernante.

El eje fundamental de su esquema es la oposición al llamado “proceso de paz”, una propuesta presidencial que no logra concitar la confianza de los ciudadanos, ni sembrar en ellos la semilla de una prometedora esperanza.

El único logro visible y concreto de la oposición fue blindar las posibilidades electorales del vicepresidente Germán Vargas Lleras, que los posibles competidores de su propia coalición de gobierno, mediante artilugios, pretendieron entorpecer en el trámite de la llamada Reforma Política, logrando de contera mejorar la viabilidad de una posible candidatura presidencial suya, más aún ahora, cuando el presidente lo fortaleció cuantitativa y cualitativamente, al reestructurar su gabinete ministerial, pero es cierto: la oposición participó activamente en la discusión y trámite legislativo del instrumento propuesto por el presidente, para dizque refrendar un posible Acuerdo Final de Paz entre el Gobierno y la guerrilla.

Con perdón del ilustre jefe de la oposición, esa fuerza, muy cuantiosa por cierto, no ha pasado de la retórica a los hechos. Ese Proyecto fue aprobado como fue sometido a la consideración del Congreso por el Gobierno. Se impuso la convocatoria de un plebiscito, acto de voluntad popular que solo surte efectos políticos, sin darle vida jurídica a lo que se firme en La Habana.

Para fortuna de Colombia no fue acogida la propuesta de las Farc de convocar una Asamblea Nacional Constituyente, ese peligrosísimo “salto al vacío”, para el que la guerrilla logró el respaldo, paradójicamente, de Uribe y Ordóñez.

La oposición pudo muy bien, mediante una hábil estrategia parlamentaria, incluir en el texto de la fórmula mediante la cual se consultará al pueblo si aprueba ese Acuerdo Final de Paz, esta suerte de Preámbulo: “¿A sabiendas de que la guerrilla no hará entrega material de sus armas al Estado, ni liberará a la totalidad de las personas actualmente por ella secuestradas, aprueban los colombianos el Acuerdo suscrito por el Gobierno con las Farc?”.

Así los electores no irían a las urnas como “caballos cocheros”, sin medir antes el alcance y las consecuencias futuras de su voto plebiscitario. ¿Habría sido eso mucho pedir?.