Columnistas

Los descendientes del soñador

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15 de mayo de 2016

Los comienzos del arte siguen siendo un misterio. Quizás sepamos más sobre los dinosaurios o sobre los orígenes del universo que sobre la historia del desarrollo de nuestra propia imaginación. Las primeras representaciones que se conocen remontan al año 15.000 antes de Cristo. En las cuevas de Lascaux se encuentra la prueba del arranque de una forma compleja de comunicación y de una necesidad de resolver un problema a través de un mecanismo que le permitiera imprimir aquello que estaba en su mente.

Poco sabemos de los motivos o de lo que implicaba la imagen de esos bisontes y antílopes. Lo que sí sabemos es que estamos frente a la huella más importante del inicio del desarrollo del intelecto. No en vano Georges Bataille, apasionado de la antropología y el psicoanálisis, llamó a las grutas “El milagro de Lascaux”. En la maravilla de Lascaux, Bataille reconoció el potencial que tiene “lo inesperado y lo inesperable” de hacer que el alma se vuelque sobre sí misma y de hacernos descubrir aquello que nos hace aspirar con mayor profundidad a lo que es la vida. Dice Bataille, que es a través el arte y de la pasión que nos conectamos con aquello que de entrada nos parece imposible.

Desde las grandes obras de ingeniería hasta los sistemas de libertades individuales comenzaron en la mente de un soñador. Las primeras alas de los hermanos Wright, Fleming y la penicilina, Benjamin Franklin y el rayo, incluso el fuego y la rueda, han sido invenciones que cambiaron la humanidad y que cuya influencia en su desarrollo ha trascendido en el tiempo. Al convertirse en cosas cotidianas, con las que hemos nacido y crecido y que se han fundido a nuestro entorno dejamos de lado la capacidad de maravillarnos por su sola existencia. Eso que hoy vemos como algo normal e intrascendente fue la obra de un genio, fue un ensayo, un fracaso, recorrió un camino antes de ser un logro. La ciencia, la tecnología, el diseño provienen de la imaginación y ella proviene del pensamiento que desarrolla a través del arte. Poesía y ciencia están mucho más unidas de lo que nos han dicho.

El arte pierde terreno frente a la ciencia y la tecnología. La inmediatez y la velocidad con que vivimos y la forma como el mundo nos empuja a experimentarlo y las distracciones que crea nos cuesta más maravillarnos por las cosas simples y vamos perdiendo la capacidad de observar. Sobre todo cuando esa observación requiere pausa y análisis de contexto, con las necesidades que se nos crean de consumir tanto, sencillamente no tenemos tiempo.

La belleza y el discurso del arte en todos sus medios y formas de expresión representa la búsqueda del hombre por evolucionar. A lo largo de la historia ha quedado la huella de lo que hemos sido, con sus horrores y sus grandes aciertos, la construcción de nuestra historia sirve de base para el futuro.

En lo individual, la capacidad de reconocernos en el pasado y de mirarnos es lo que nos permite definirnos como personas y ubicarnos en el mundo. Quizás sintamos que nada nos es más ajeno que un bisonte pintado en una cueva hace decenas de miles de años, y sin embargo, en esos pigmentos, están las bases de lo que somos hoy en día. Quizás nos parezca fútil en un mundo en que los medios digitales hacen obsoletos a los pigmentos, pero no debemos dejar de reconocer que lo que para el mundo de hoy es solo un dibujo en una cueva, para toda una sociedad fue tan maravilloso como un transbordador espacial. Y el impacto fue el mismo.

A veces los rasgos inexplicables de la vida surgen de la belleza de una obra que resuena en nuestra alma, lo que nos demuestra que no somos más que el resultado de la imaginación viva. Las cuevas de Lascaux son una prueba de que el motor de la humanidad, un milagro, no es otra cosa que una mente que se abre a desafiar lo imposible. No sabemos quién fue el primer soñador, pero sí podemos tener por seguro que somos sus descendientes y sus huellas están para probarlo. Llenarse de las maravillas de los sueños del pasado es el motor del futuro.