Los enigmas de la nación
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
Las naciones se explican un poco a sí mismas cuando van a las urnas. Dejan allí, marcado en el papel, sus esperanzas y sus miedos. Delimitan también sus iras o dan rienda suelta a sus histerias. Y aunque en ocasiones lo que intentan decir es un grito desconcertante, que produce cólera y llanto, que necesita años de interpretación, es preciso limpiar el ruido para escucharlo con la mayor claridad posible.
Así fue que Colombia intentó explicarse el domingo. Para todos los que votamos por el Sí, aún con las críticas que hicimos y la inmensa incredulidad, fue un mazazo el resultado que negaba la validez de lo logrado en La Habana. Quizá existía en el aire demasiada confianza que no permitió ver más allá de las generalizaciones y la polarización.
Ahora hay que levantar la cabeza y entender lo que, fuera de las fronteras, definen como inentendible. El plebiscito del 2 de octubre nos dejó cosas para reflexionar sobre la nación que somos y la que pretendemos construir, pero sobre todo acerca de la manera en la que nos miramos unos a otros en un territorio que está radicalmente partido en dos mitades iguales.
Por un lado aprendimos las obviedades. El descalabro que representa el peor abstencionismo en 22 años. O la burla que simbolizan más de 250 mil votos nulos y no marcados en una elección que se definió por menos de 40 mil. O lo aislados que están los medios masivos de comunicación de la realidad del pueblo.
Pero también empezamos a entender consecuencias políticas más complejas. Santos es un pésimo líder que arrastró el proceso al fracaso con su ambigüedad y sus verdades a medias. También que el daño causado por las Farc, sus masacres y sus secuestros, impidieron que buena parte del país cediera en los beneficios de la negociación. Además, que la dicotomía guerra-paz nunca fue un eslogan válido para solucionar un conflicto que es imperceptible en las ciudades pero que pretendió ser decidido en ellas.
Ahora, intentar la calma. Callar los gritos del fin del mundo que pululan por un lado o las cornetas de triunfo que retumban desde el otro. Colombia es más compleja que sus extremos, aún cuando en el último mes todo se haya explicado desde allí. El camino que se viene es sinuoso porque, ante las vías expeditas, nuestra Nación parece siempre buscar sus propios recovecos.