Los estudiantes
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
El triunfo de los estudiantes en las calles hay que celebrarlo. Y con entusiasmo. La fuerza de la movilización social responsable, dirigida y justa -que se intentó manchar con unos brotes de violencia que en nada respondían a los verdaderos intereses colectivos- es una muestra de la necesidad de una ciudadanía crítica y exigente. Es también una forma válida y democrática de pedir diálogo cuando las puertas están cerradas.
Tras más de dos meses de paro y una docena de reuniones fue evidente la urgencia de una adición presupuestal de 4,5 billones de pesos, en una movida que hay que reconocerles a las partes involucradas, aún cuando al Gobierno lo critiquen contradictores y algunos partidarios: los primeros porque consideran que lo ganado es poco y los otros porque les suena a mucho.
Las marchas que recorrieron las capitales son el fenómeno más esperanzador a nivel nacional de este confuso 2018 que termina. Un impulso para creer en el aumento de la conciencia crítica, cuyo eje y núcleo siempre ha sido y será el claustro universitario.
En la articulación de las propuestas los líderes estudiantiles fueron mayoritariamente claros y entendían cuál era la diana a la cual debían apuntarle. Además, es rescatable la forma en la que insistieron, a veces con discursos y a veces con actuaciones concretas, en el perjuicio que la violencia podría hacerle a su reclamo.
Fue fundamental, igualmente, que lograran comprometer en su lucha a un profesorado que percibe la profundidad del problema porque también se ve afectado por él, y que los acompañó en diferentes grados en su camino al diálogo.
Como todo proceso reivindicativo, de largo aliento, la lucha por una mayor inversión educativa en Colombia no se cierra con un acuerdo en la Casa de Nariño, por más aplausos y vivas que sigan a la firma del convenio. En un país que ha extraviado cientos de miles de millones de pesos en tratar de resolver un conflicto armado que aún persiste (aunque con una evidente disminución) la educación no ha sido nunca una prioridad y se muestra todavía como una idea vinculada al privilegio de unos pocos. Eso es lo que hay que cambiar. Lo que está cambiando. Lo que movieron todos aquellos estudiantes que levantaron la voz y las manos y las pancartas.