Los libros salvan
La gripe, al igual que el corazón roto, son enfermedades que pasan pero que son incurables. No hay un remedio que te puedas tomar para quitarte de golpe un resfriado. Es lo primero que pienso cuando me da ese típico dolor de garganta que te anuncia que los siguientes días serán de sopa y pañuelo. Lo mismo pasa con el corazón roto. No hay nada que puedas hacer. Te lo anuncia también la garganta pero de otra forma. Un nudo que hace que se agolpen las lágrimas, que se represen y se desborden en el momento menos pensado. La gripe tiene un ciclo de vida mucho más corto, mientras que el corazón es más variable y puede ser realmente obstinado en su convalecencia.
El corazón se regenera pero hay que ayudarlo. Me atrevo a decir que muchos van por el mundo sin saber que las viejas heridas, mal sanadas, al igual que las gripes mal curadas, los van dejando vulnerables a las siguientes embestidas de la vida. Si no sana bien se va a volver a enfermar y más rápido.
Pero, ¿cómo sanar un corazón? Cuando sufres por algo, por la soledad, la distancia, el rechazo, por eso que te duele tanto que aunque ni se ve ni se toca te hace sentir tan mal que quieres ir a emergencia a que te resuciten. ¿Qué remedio buscar? Si caminas, hablas, tus signos vitales están estables según el estetoscopio y los exámenes de laboratorio. ¿A qué recurrir? ¿Dónde buscar alivio?
Con el pasar de los años me he dado cuenta que los libros tienen ese potencial curativo. Los libros nos salvan. No es rescate a lo película de Hollywood. No hablo del misil que va a impedir el impacto del meteorito, de la bala que mata al malo, de un beso atropellado en un aeropuerto. La salvación de los libros es una muchísimo más compleja. Los libros son botes salvavidas, son brigadas de rescate, son el auxilio del ahogado, del náufrago de la soledad, de la injusticia, incluso de los peores horrores. Los libros te salvan de la amenaza más grande que cierne sobre la vida: nosotros mismos.
El mundo puede hacer de un hombre un emperador o un pordiosero. Al destino le es indiferente, esas circunstancias te hacen crecer o te hunden porque adonde lleguemos depende de un enfrentamiento más rudo. El que se libra dentro del alma. Podemos ser víctimas, pueden caer sobre nosotros la ira y el odio de otros hombres, podemos ver la cara del desamor, del desengaño, la partida, la soledad, la ruina o la misma muerte, pero será el alma y la determiné si nos levantamos o si morimos quebrados.
Victor Frankl, autor de En busca de un sentido, no sólo sobrevivió por el recuerdo de su esposa, sino por el deseo de escribir su experiencia. Su propio libro a futuro lo salvó. El mismo Frankl cuenta en esa obra cómo sus compañeros del campo de exterminio de Dachau hacían obras de teatro, algunas propias, otras que leían en recuerdos, y que incluso a pesar de la desnutrición renunciaban a la comida por dedicarle el tiempo a la literatura. A ellos los libros los salvaron del horror del campo de exterminio. Incluso si perdieron la vida no la entregaron.
Maya Angelou, vivió una vida que para muchos sería inenarrable e insuperable. La violación, el trabajo sexual, la discriminación, antes de convertirse en escritora se puede decir que lo hizo todo, que lo vivió todo. El dolor, el silencio, pero sin perder la calma, el temple, la fe. Lo que no la quebró fue la literatura, lo que la llevó a la esperanza, al brillo, lo que la hizo vencer la desesperación fueron esos objetos en apariencia inertes e inofensivos: los libros. Angelou decía que cuando el señor la llamara probablemente la iba a encontrar escribiendo. Sus poemas son ese antídoto contra la desesperación, contra la inseguridad, esa convicción que tuvo de saber que a pesar de todo seguiría de pie y que cada uno de nosotros, frente a nuestras dificultades individuales en algún momento hemos necesitado no sólo escuchar, sino decir, claro y a viva voz: Yo sigo de pie.
En este mundo tenemos garantizado al menos un diluvio, los libros son el arca de aquello que nos mantiene de pie y nos impulsa a seguir adelante.