Columnistas

Los muertos de nadie

Loading...

Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.

17 de mayo de 2016

En sitios escondidos de Turquía, Grecia e Italia están las tumbas sin nombre de 1.250 personas. Ahí reposan los cadáveres de hombres, mujeres y niños –bebés incluso- que perdieron la vida en los últimos dos años cuando buscaban de forma desesperada llegar a Europa para huirle a la guerra de Siria e Irak o a la inestabilidad del norte de África.

Las lápidas improvisadas –según narra trágicamente una reciente crónica de los periodistas de la BBC Vladimir Hernández y Nassos Stylianou– apenas refieren el lugar en el que fueron recogidos sus cuerpos en esa aventura infernal que se volvió paisaje en el Mediterráneo. Algunos les dejan flores a los muertos sin doliente presente. Otros, a su paso, apenas miran con vergüenza.

El 2 de septiembre del año pasado la aterradora imagen de Alan Kurdi, un niño de tres años ahogado en las playas de Turquía mientras hacia el penoso viaje con su familia, sacudió la primera página de los medios. Europa se dio golpes de pecho por el retrato de la tragedia, pero la pena que fue eterna para su padre sobreviviente, fue efímera para el resto del mundo. En los cementerios olvidados hay centenares de cadáveres que cuentan la misma historia.

Ante una catástrofe de semejantes dimensiones, los rostros terminan por hacer más que las cifras. Los números dicen poco, pero las imágenes acercan la tragedia al sentimiento personal, porque se parece a mi hijo, a mi tío, a mi padre anciano que no tendría por qué rebuscarse en el mar a oscuras la tranquilidad que no pudo lograr en vida.

Pero las cifras reflejan una dimensión de terror. Según la Organización Internacional para la Migración, 8 mil personas han perdido la vida desde el 2014 en esa misma marcha fúnebre. Diez personas mueren cada día en el Mediterráneo. Diez cadáveres diarios. Con el chasquido de los dedos diez vidas se van. Nueve de ellos se hunden con sus anhelos en el fondo del mar y el cadáver restante, ya blancuzco, arriba a la playa que pretendía tocar en libertad. No es más que la carne que fue su vida. Ahí es cuando algún condolido decide cavarle una tumba al lado de tantas otras que reflejan la infamia. Es una forma de reconocer que como son los muertos de nadie, son los muertos de todos.