Columnistas

Los “sospechosos” habituales

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05 de octubre de 2016

Detesto las películas predecibles, aquellas que se apresuran a anunciar su desenlace. De la democracia, hoy rescato su teatralidad, la puesta en escena de la “sorpresa” ante los recientes resultados electorales...

El presagio del “no” al plebiscito estuvo dado por los discursos de Alejandro Ordóñez, el proyecto de referendo de Viviane Morales, las “visitas sorpresa” a última hora de Álvaro Uribe a los medios masivos, y el melodrama de “excluidos” de quienes siempre han contado con micrófonos abiertos en todas las emisoras, canales televisivos y atriles universitarios.

Me permito traer a colación un caso personal, mi familia: un británico y una colombiana, tres hijos. Este año hemos enfrentado como padres dos retos que superan nuestra capacidad de comprensión desde una óptica pluralista: explicarles a nuestros hijos el triunfo del Brexit y, ahora, del “no”. Cuesta razonar que la democracia someta bajo las mismas normas a quienes trabajamos por defender la palabra y la acción, y a los grandes triunfadores electorales: los abstencionistas.

Después del Brexit, mi esposo escribió en sus redes: “No puedo expresar lo triste y horrorizado que estoy con las votaciones. He vivido por más de veinte años fuera del Reino Unido, pero siempre me sentía orgulloso de ser británico, de haber servido en el Ejército británico, orgulloso de que mi nación haya sido faro de tolerancia, del ser cosmopolita. Hoy, por primera vez, estoy avergonzado [...]”.

¿De verdad alguien creía que “Antioquia la más educada” o “Medellín la más innovadora” iba a poner en duda su superioridad moral y aceptar que como sociedad se ha equivocado? ¿Cuántas generaciones más deberán pasar para que en Bogotá dejen la soberbia y se den cuenta de que los votos de Antioquia son suficientes para hacer sumas o restas definitivas? ¡Somos la panacea, o el harakiri electoral!

Quienes votamos nunca sabemos “para quién trabajamos”. El gobierno hizo lo suyo. Ya es el turno de que pasen a la mesa Uribe –junto a Andrés Pastrana y compañía– y los líderes de las Farc. Solo me pregunto por qué los expresidentes no lograron esos “acuerdos perfectos” durante sus mandatos: ¿será que la probada (¿o reprobada?) justicia retributiva y la no participación política serán opciones posibles para las Farc?

Partamos de lo que los une: tanto Uribe como las Farc han buscado una Asamblea Nacional Constituyente. (Aunque ayer Uribe la descartó en una entrevista radial...).

Las diferencias esenciales entre Uribe y Santos no son ideológicas (de derecha) sino de ego.

Como los hijos de muchos, los nuestros seguirán creciendo en esa orilla “sospechosa” de los que defendemos nuestras posiciones sin avergonzarnos, los mismos que hoy respetamos la democracia y las instituciones, aunque eso nos haya significado despedir con lágrimas las conquistas solidarias de la II Guerra Mundial en Gran Bretaña, y convivir con los preceptos de Monseñor Builes y Laureano Gómez –esos sí, inmarcesibles– en Colombia.

Los sospechosos habituales somos los perdedores de siempre: decidimos con libertad, sin dejarnos dominar por el miedo... que, al fin de cuentas, fue el gran elector del Brexit y del “no”.

As bajo la manga: “El mayor truco que jamás esgrimió el diablo fue convencer al mundo de que no existe” (película ‘The Usual Suspects’).