LUCES EN LA OSCURIDAD
Las noticias, las dudas, las capturas sorpresivas, las esperadas, la preocupación, los rumores y los juicios apresurados de quienes tienen una dieta alta en odio, mellaron mi estado de ánimo la semana que pasó. Por más frecuentes que sean los escándalos en nuestro país, la capacidad de asombro y la conmoción no me abandonan.
Pero como no solo de tristezas puede vivir el ser humano, busqué refugio, no para evadir la realidad, sino para tratar de equilibrar el espíritu. Y lo encontré en la casa de Elvia Vélez Calle, una Señora Artista, así con mayúsculas, que brilla con luz propia en las páginas del arte colombiano.
Elvia sabía pintar desde antes de aprender a escribir. La maestra les pedía escribir las palabras que representaban las figuras de la cartilla, pero ella, en vez de poner las frases, las pintaba, “de modo que leía muy rápidamente con los dibujos que hacía”, cuenta y se muere de la risa. A esa edad pintaba a sus compañeras de cuerpo entero, “y me parecía facilísimo”. La figura humana ha estado siempre presente en su obra, pero también la seducían las montañas, las torres de las iglesias, la luna y los paisajes del atardecer que veía desde su casa en Buenos Aires.
Siempre tuvo el apoyo de su madre, también pintora y escritora autodidacta, pero estudiar en Bellas Artes para aprender las técnicas era un sueño imposible para una niña que compartía el hogar con ocho hermanos y muchas dificultades.
Se casó muy joven, llegaron los hijos y con ellos las obligaciones. En ese tiempo se consideraba que la mujer pintaba por pasatiempo, como un adorno más de los oficios que le eran propios: cocinar, coser y mantener la casa en orden. Y como si no fuera suficiente con ser una “mantenida” (que no era cierto), la mujer tampoco tenía libertad para tomar decisiones. Pero el arte le dio alas a Elvia, que volaba con la imaginación y que plasmaba su sentir en cada obra: El cansancio de un minero, la tristeza de una madre abrazando a un hijo muerto, el desplazado que no tiene más que su propia miseria, las palomas, los personajes de los clásicos infantiles... Un mundo que cabe todo en un lienzo, en una fundición a la cera perdida o en un trozo de madera.
Su esposo, “muy querido pero muy machista, como se usaba”, dice Elvia, la apoyó a regañadientes. Tenía muchas cualidades pero poca sensibilidad artística. Cuando sus hijos crecieron, Elvia al fin pudo estudiar las técnicas con profesores de renombre y liberar toda su creatividad. Y entonces empezaron a llegar las exposiciones, y con ellas las ventas, y con las ventas los pesos... Y se acabó la malagana del esposo: Ahora todo era arte, arte y arte. Aprendió a entenderla y a admirarla en toda su dimensión. Elvia suelta una risita sospechosa cuando le pregunto si alguna vez alcanzó a ganar más que él... Y su sonrisa ilumina, si cabe más luz en él, su rostro come años.
Al momento del punto final me encuentro un trino de Mauricio Rodríguez: “El mundo está lleno de oscuridad. Si usted es una persona que ilumina, la quiero junto a mí”. Gracias, Elvia, por iluminar aquella tarde y la vida entera con su obra. Todos necesitamos más luces en medio de tantas penumbras.