Columnistas

Matoneo entre adultos

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03 de febrero de 2015

Cuántas veces la presión social sobre ciertas personas termina llevándolas a decisiones de vida irrevocables. La sociedad no se da cuenta de lo que las burlas que se hacen por la manera de hablar, caminar, vestir, amar o ser amado, por el lugar donde nació o por el lugar de culto que frecuenta, pueden afectar a una persona.

Los adultos estamos indignados por el matoneo a nuestros niños en los colegios, pero muchos no se dan cuenta de que hacen lo mismo (matoneo) con quienes les rodean, y eso enseñan a los niños: que fulanito habla como una mujer o fulanita como un hombre; que se viste así o asá; que el caminado tal cosa; que la piel brilla así o el color es asá; que usa indumentarias distintas, algún colgandejo en el pecho, en las orejas, o cualquier cosa que, a juicio de ese adulto irrespetuoso, no se ubique dentro de los parámetros con los que, él mismo, entiende la vida.

Lo que se sale del cuadrito desde el que miran el mundo es, para muchos, motivo de señalamiento o burla: el chiste del boquineto, del cojo, del afeminado, del negro, del borracho o de la mujer despectivamente llamada marimacho. Mientras por un lado esas burlas ‘animan’ las fiestas de muchos, por otro lado generan heridas en algunos corazones y perpetúan la discriminación y el matoneo social que termina destruyendo personas y familias.

Muchos alardean de ser pluralistas, democráticos, tolerantes y caritativos, pero no dimensionan el daño con los comentarios, miradas, chismorreos y aspavientos cuando alguien no encuadra en su particular manera de entender la vida.

Esa burla permanente de la sociedad está haciendo que algunas personas no aguanten la presión social y tomen decisiones nefastas, que después son lamentadas hipócritamente por los burladores o por quienes se ‘escandalizaron’ de algo que de esa persona no les ‘cuadraba’.

El matoneo en los colegios no es otra cosa que el comportamiento aprendido de los mayores: burlarse del que tiene algo diferente o no cumple con los estándares del grupo.

La masa siempre ha pretendido masificar a los individuos para que piensen y se comporten igual, de tal manera que nadie se salga del rebaño uniformado. Y las personas que piensan o actúan o sienten o viven de otra manera son vistos con tal discriminación y burla, que algunos no alcanzan a sobrellevar ese peso despótico y optan por una salida que en su momento consideran única: la muerte. Y la despiadada sociedad, culpable de esa muerte, ni se percata de su participación en ella.