ME EQUIVOQUÉ
De las cosas necesarias de la vida es saber reconocer los errores que cometemos. Lo sé de siempre, pero lo comprobé esta semana, cuando reconocí públicamente a través de mi cuenta de Twitter que, gracias a mi “culiprontismo”, como dijo un amable y delicado seguidor, había cometido una injusticia.
Yo, que he tratado de no hacer sentir mal a nadie a propósito, por ir a las carreras trastabillé y caí en un charco de indolencia. Y lo peor es que no fui consciente de ello hasta que alguien me hizo caer en la cuenta.
No me asistió la mala fe. Eso me salva. Pero hice algo de daño y eso lo lamento.
No me costó aceptar mi error, aunque sentí que ese mal rato duraría toda la vida, que el corazón se me quedaría como un puño y que pedir disculpas, si bien aligeraba el cargo de conciencia, era necesario pero no suficiente para reparar la avería que pude haber causado.
Por fortuna, al otro lado de la red descubrí que la “víctima” de mi tropiezo es un caballero con un corazón grandote que entiende que el error es inherente al ser humano. Su gentileza me ayudó a sobreponerme y, sin causarme más lesiones de las que ya tenía encima, pude superar el mal momento y levantar la mirada con la tranquilidad del que no le debe nada a nadie. Sin embargo, no salí igual.
La lección fue recibida y si acaso había olvidado unas cositas, volví a recordarlas. Que una cosa es la libertad de expresión y otra lastimar a un semejante. Que en medio de las tantas frases que a los seres humanos nos cuesta decir, hay una en especial que nos engrandece cuando se pronuncia con humildad: “Me equivoqué”. Y que si a estas dos palabras le agregáramos “quiero corregir mi error y reparar el daño que pude haber causado”, el mundo se ahorraría gran cantidad de problemas, rabias y enemigos.
Esta actitud, calificada por algunos como de personas débiles, me parece de gente madura, segura de sí misma y fortalecida en su espíritu, porque conduce a la paz interior, a la tranquilidad de conciencia y a la higiene mental.
Quienes no son capaces de reconocer sus errores y persisten en ellos, me generan más lástima que otra cosa, por su ceguera y por su miedo a parecer débiles ante los demás.
Muy cerca están los que se dan cuenta de su error e incluso lo reconocen, pero su vanidad no les permite retractarse ni pedir perdón, como si fueran ellos lo único importante en el planeta Tierra.
Si me equivoqué, me equivoqué, y poco importa el por qué, aunque a veces pueda explicarse. Seguramente no será la última vez que aún sin querer, meta las patas, de ahí que me parece buena idea mandar el orgullo inútil a temperar por tiempo indefinido y rescatar la buena práctica de decir “lo siento, me equivoqué”, suavizar incomodidades y quitar dolores que podamos haber causado a los otros en el complejo ejercicio de la convivencia, lo que no nos hace héroes, pero sí más nobles.
Cierro con una reflexión que esta semana, casi sin darme cuenta, me cayó como del cielo:
“Sé selectivo en tus batallas. A veces tener paz es mejor que tener la razón”. (Nosédequiénes Peroaplica).