MEJOR LOS SAUDITAS QUE CONOCEMOS
Por BERNARD HAYKEL
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Arabia Saudita está consternado por la política del Medio Oriente del presidente Obama. Sus líderes sienten que no juega según las normas que han gobernado la alianza Saudí-americana por décadas: los Estados Unidos ofrecen garantías de seguridad a cambio de la fiable administración de sus reservas petroleras por parte de los Estados del Golfo Pérsico y su apoyo a la dominancia regional americana.
A los ojos de los sauditas, Obama ha traicionado sus intereses, con frecuencia a favor de su enemigo, Irán. Después de concluir que Estados Unidos ya no es un aliado confiable, han decidido que deben seguir adelante solos como potencia regional, a medida que fortalecen la economía doméstica del país. Sin embargo en ambas instancias, el imperio está sobreactuando. Los saudíes no pueden, en realidad, enfrentarse a Irán.
Una muestra del resentimiento saudí se pudo observar la semana pasada cuando Obama fue recibido por el gobernador de Riad en lugar del rey. A medida que concluía la visita, oficiales americanos aseguraron que la reunión había ‘limpiado el aire’.
La relación ha sido inestable desde los ataques del 11 de septiembre de 2011 cuando se hizo claro que 15 de los secuestradores eran ciudadanos sauditas. La visita de Obama coincidió con una controversia por un proyecto de ley ante el Congreso que permitiría a víctimas del ataque demandar al gobierno saudita, un vivo recuerdo de las viejas tensiones. (Los sauditas han amenazado con represalias económicas si el proyecto es aprobado, aunque la Casa Blanca dijo que el presidente lo vetará.)
Sin embargo hay algo de verdad en la sensación de los saudíes de que la administración Obama ha atenuado la alianza.
La gota que rebosó la tasa fue el acuerdo nuclear con Irán en el 2015 liderado por América. Aunque esto congeló el programa nuclear de Irán a cambio de levantar sanciones económicas, no puso límites sobre la habilidad de Irán para proyectar poder.
El acuerdo con Irán vino pronto después de que un nuevo rey asumió el poder. El Rey Salman y su hijo Mohammed, quien es el príncipe heredero sustituto y ministro de Defensa, son los gobernantes más extremistas y ambiciosos de la Arabia Saudita moderna.
Los sauditas y no sauditas por igual solían quejarse de la parálisis de la creación de políticas saudí. Ya no lo hacen. Ahora las quejas son por cambios repentinos y erráticos. El resultado ha sido mayor inestabilidad en una región ya turbulenta, Arabia Saudita no podrá dominar militarmente a Irán: no tiene ni el poder humano ni la experiencia ni la amplia red de fuerzas representantes que tienen los iraníes.
La Casa de Saud sabe que tiene que diversificar su economía, alejándose del petróleo y ofreciendo nuevas fuentes de empleo para su población joven. El plan para vender una porción de su preciado activo doméstico, la compañía estatal de gas y petróleo Saudi Aramco, así como privatizar partes de los sectores de salud y educación, muestra cuán lejos Riad está preparado para ir.
Sin embargo es poco probable que la economía saudita, aún profundamente dependiente en gastos del Estado, genere los $100 billones anuales en ingresos gubernamentales no relacionados con el petróleo concebidos para el 2020. Por fuera del sector petrolero, sus recursos tecnocráticos son limitados y su capacidad para la empresa privada está atrofiada.
El entendible deseo del reino para ascender su posición geopolítica y autonomía económica arriesga excederse. América puede ayudar a mitigar esta situación. Arabia Saudita necesita la alianza americana por razones económicas tanto como de seguridad. Tiene que aumentar la inversión extranjera para financiar tanto el programa de reforma como su inflado déficit.
A pesar de las tensiones en la superficie, Sahlmann y el Príncipe Mohamed son por temperamento y convicción profundamente proamericanos. Sería una oportunidad desesperadamente desperdiciada si Washington no aprovecha esto.
Por más intragable que puede ser para algunos la cooperación con el reino, echarla a la deriva es peor. Sean cuales sean los resentimientos, ningún lado tiene una alternativa realista al otro, algo que para Obama claramente ha sido difícil de aceptar.