Columnistas

Miopía en la política de las fotodetecciones

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12 de agosto de 2016

He leído y escuchado muchas opiniones en este y otros medios de comunicación, de columnistas y ciudadanos preocupados, denunciando la estructura y procedimientos de sanción del sistema de fotomultas. En muchos casos hay referencia directa a situaciones vividas por los mismos sujetos de opinión.

Si tanto se ha dicho y escrito, desde distintas orillas, es porque el problema es grave, amerita una revisión y, posiblemente, una renegociación. Es clarísimo que para este asunto ha habido oídos sordos. No ha aparecido doliente, desde los sectores privado y oficial, para dilucidar cómo corregir este programa que se supone de mejoramiento de las condiciones de movilidad y formación de la ciudadanía.

Más allá de las sanciones puntuales, el silencio frente a las reclamaciones, y la normatividad confusa, hay una razón de mayor contundencia para cuestionar la política de este sistema. Preocupa que esté creando nuevos principios, comportamientos y modos de estar dentro de la colectividad. Hay un efecto nocivo que ha pasado desentendido.

Este, como cualquier otro proyecto de gobernabilidad, gestionado desde las alcaldías, los departamentos y a nivel nacional, tiene que apuntar siempre a consolidar políticas públicas; quiere decir, a crear sentido de colectividad, de corresponsabilidad, de comunidad. Por eso es preciso examinar con lupa qué brazo de su estructura lesiona este objetivo.

Pero el mensaje es otro. Es usual que, mientras conducimos, quienes nos acompañan, incluso los menores, nos digan: baja la velocidad, porque vamos a encontrar una cámara. Los avisos de advertencia también nos recuerdan que a cien metros tendremos un pequeño territorio en el que nos comportaremos como lo deberíamos hacer en cualquier lugar de la ciudad y del planeta, como verdaderos ciudadanos. Sin darnos cuenta, educamos para la trampa y la marrullería. Lo hacemos bien, porque nos ven y nos duele la billetera. A espaldas, somos bárbaros.

¿Qué lección queda en los menores cuando, sistemáticamente, al llegar a una cámara de fotodetección, disminuimos la velocidad? ¿Constituye este episodio un aprendizaje positivo para su formación del ser social? Lo malo y contradictorio del programa es que educa, de forma explícita, para lo contrario que marca nuestra Constitución. No forma para fortalecer las responsabilidades ciudadanas, el sentimiento y la conciencia del ser colectivo. Educa para la trampa. La política que finalmente forma, minimiza los esfuerzos que desde otros frentes se hacen para generar sentido de colectividad y ciudadanía.

Más allá del rubro económico que pueda generar este sistema, y de las incomodidades o injusticias que produzca en los usuarios, los líderes inteligentes tendrán que dilucidar cuál y cómo será su contribución para lo que es inevitable en su gestión: la formación del ser social. El asunto no es evadir la responsabilidad social en lugares puntuales de la ciudad o la carretera, sino tener la conciencia formada de qué se debe hacer o no hacer, si entendemos que no estamos solos ni en la ciudad ni en el planeta, que estamos con otros, y que, para la buena convivencia, nos regimos por unas disposiciones creadas también de forma colectiva.

En muchos países, desde años atrás, han logrado formar sentido de colectividad. Ese no puede ser un sueño imposible para nuestro caso. Ya ha habido muchas iniciativas en distintas ciudades del país con líderes que han entendido la importancia de este asunto. Urge orquestar esos intentos hasta lograr un proyecto sostenido que vaya consolidando una política nacional, no solo para la recreación de la norma, que ya está escrita y promulgada, sino para acompañar con proyectos, talleres y áreas de formación la nueva cultura de lo público, de lo social, de lo colectivo.