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Mis Viejos

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05 de febrero de 2018

Uno piensa que la maternidad es difícil hasta que tiene que cuidar de sus padres. Mi papá tiene 87. Eso sí, tiene más energía que yo, que apenas voy a pisar los cuarenta. Mi mamá tiene—Mi mamá es de esas señoras que te amenaza si dices su edad. Es más joven que mi papá, pero le cuesta más la movilidad. En los últimos años he estado tan inmersa en ver crecer a mis hijos que no me di cuenta que mis padres también estaban envejeciendo.

Como hijos hay dos momentos en la vida en que te das cuenta de lo efímero que es todo esto. El primero es cuando descubres que tus padres no son invencibles. Ese momento en la infancia en que de pronto descubres eso que hasta entonces quizás sospechabas pero no comprendías: que tus padres también son seres humanos. Se equivocan, lloran, dudan, hasta podrían ser capaces de pedirte perdón. Su sabiduría no viene de un don sobrenatural, sino del amor, pero sobre todo de la experiencia de vida.

El segundo es justamente este que estoy viviendo, cuando te das cuenta que se están poniendo viejitos. Por supuesto cuando lean esta columna se van a ofender por haberlos llamado viejitos. Al igual que mi mamá se molesta cuando no puede descifrar el mundo que está detrás de la pantalla de su teléfono. Ella podría jurar que el aparato tiene vida propia y que se engendró para hacerle la guerra. Su idioma por más que es intuitivo para nosotros es incomprensible para ella. Por más que le explico, siempre tengo que empezar de nuevo y cuando no lo hace conmigo o cuando yo me frustro lo hace con una de mis hermanas o mis cuñados. Pero siempre es el mismo problema, las aplicaciones que no abren, las claves que se olvidan, las cuentas que se bloquean y ni hablar de las llamadas que se disparan y los mensajes enviados al chat equivocado.

Es duro darse cuenta de pronto que ya no están seguros solitos. Ya no es que tus padres son humanos, ahora son vulnerables y de pronto los roles se revierten. Porque un día tienes que revisar que se tomen la medicinas, que no le digan mentiras al médico, que coman bien, que duerman bien, que no les falta nada. Claro que la dificultad es que ellos en lo absoluto están preparados para esa reversión de roles. De hecho, para ellos eres tú quien tiene que seguir haciendo caso, y pasa más de una vez que en una de esas peleas por cuidarlos terminan llamándote por tu segundo nombre y usando el mismo tono como cuando en la adolescencia te mandaban para tu cuarto. Cosa que, al menos a mí, todavía me congela un poco la sangre.

Tengo la suerte de venir de una familia unida. Mis papás crearon un ambiente en el que nos gustaba estar. Hasta el día de hoy, el lugar en que más me gusta estar en el mundo es en su casa. Con mis hijos he tratado de crear más que una casa organizada y perfecta, un lugar en el que ellos se sientan cómodos, seguros, a gusto. Donde quieran venir, traer sus amigos, pasar el día, y así la vida. Creo que la clave está en que un hogar es un lugar en el que te sientes libre, y eso fue justamente lo que hicieron mis papás.

A pesar de la edad disfruto mucho con ellos. Nos reímos, recordamos buenos momentos, los veo reinterpretar la vida desde esta nueva etapa y reinventarse el mundo con otra mirada. A veces yo creo que estoy más lúcida porque los hijos mantenemos a veces esa arrogancia de la generación siguiente, de entender algo que la previa no entiende, pero al final me doy cuenta que su sabiduría es algo profundo y que para evolucionar yo la tengo que absorber. Mis papás, con todos los problemas, físicos, emocionales, siempre le han puesto una buena cara a la vida. Incluso esta etapa la viven al máximo. Mañana me voy y no los veré por tres meses, mi papá tratará de cargar mis maletas, y me dirá “deja no soy un viejo”. Yo le diré, “no, eres mi viejo”. Y a pesar que yo también voy para vieja, me siguen enseñando a vivir.