Monstruos
¿Quiénes son? Hace varios sábados recibí una sorpresa. Llegué a un lugar al que suelo ir y me encontré con un señor que admiro y con el que he hablado poco. Cuando los dos salíamos del sitio, extendió sus manos para entregarme como regalo un libro en inglés y en cuya portada se leía: “Enciclopedia de las cosas que nunca existieron”. Al principio no podía creer lo que estaba viendo. Nunca le había contado al generoso amigo que desde semanas atrás soñaba con volver ver ese texto que descubrí años atrás en una biblioteca.
En esas páginas llenas de ilustraciones que hablan de imaginación y leyendas, los autores Michael Page y Robert Ingpen escriben sobre elfos, duendes, El Dorado, la máquina del tiempo, el rey Arturo o las islas de manzanas y utopías. Según ellos, “los sueños y pensamientos son tan importantes y reales como los latidos”.
Opinan que nuestras fantasías hacen parte de un “cosmos dentro de nosotros que incluye todos los dioses y demonios inventados por la humanidad, gracias a semillas contenidas en mentes y corazones. Somos capaces de usar nuestros poderes para conseguir alegría y libertad o para propagar devastación física y espiritual”. En el libro se habla también del significado de Satán y los espíritus oscuros para diferentes culturas.
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, un monstruo es una persona cruel y perversa o un ser fantástico que causa espanto como los de la mencionada enciclopedia. Esta definición parecía casi absoluta hasta recordar esta frase de Primo Levi: “Los monstruos existen pero son muy pocos en número para ser verdaderamente peligrosos. Más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios que están listos para creer y actuar sin cuestionar”. La veracidad de este planteamiento puede comprobarse a través de la historia. Los hombres del mal que han causado estragos lo han logrado gracias al apoyo de vecinos o gente común que siguió mandatos, ignoró lo ocurrido, guardó silencio o tuvo miedo o pereza de ir un paso más allá para ayudar a alguien.
Últimamente me ha sorprendido ver en Medellín algunas personas que tienen problemas en las calles. Mamás con varios niños que lloran y se angustian porque nadie les cede un lugar en la fila, gente que se doblega ante el peso de paquetes y no encuentra ayuda, mujeres en automóviles de lujo que no se detienen ante el peatón o no ceden el paso y funcionarios de oficina sin asomo de sensibilidad cuando alguien dice necesitar una alternativa. ¿Será que ignorar a otros es normal en las ciudades grandes? ¿Será que el beneficio propio y la comodidad son la prioridad? ¿O tal vez las buenas obras son menores y más silenciosas?
Las ciudades y pueblos donde los monstruos encuentran cabida son aquellos donde la compasión es escasa y hay temor a ayudar o involucrarse con otros. Según Elie Wiesel, sobreviviente de los campos de concentración nazi “Lo opuesto del amor no es el odio sino la indiferencia”.
¿Estamos en Medellín ayudando lo suficiente a otros o ya nos estamos convirtiendo en una de esas urbes de corazón congelado?.