Columnistas

Nacional, a través de las generaciones

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31 de julio de 2016

Mi abuelo Gustavo necesitaba completar el dinero para sacar adelante un montón de hijos. Además de trabajar en Coltejer, los domingos se iba al Estadio Atanasio Girardot, con algunos de sus niños, entre ellos mi padre, a ser portero en la entrada a las tribunas. Allí conseguía recursos extras para levantar la prole que tan generosamente había encargado con mi abuela, Ana.

Mi padre se enamoró de un equipo de casaca blanca, verde y negra. Él sabía que después de que mi abuelo terminaba de escudriñar los boletos, de contarlos, podía escaparse hasta la entrada a la tribuna, ese boquete con una luz estelar o azulada, arriba, que uno cruza para tocar el cielo y ver la cancha.

Nacional era el equipo del que él me habló toda la vida. Aún lo hace. Igual, cuando ya pudo tener recursos y ser contador de una empresa austriaca, me llevaba al Estadio. Yo pateaba palitos de paleta y vasos de helado en la tribuna mientras abajo Raúl Navarro sacaba balones imposibles y Jorge Hugo Fernández, la Chancha, daba los últimos toques a sus obras maestras con Tito Manuel Gómez, el Indio, el Tucumano.

Llegó Zubeldía, a quien mi padre atendía casi como al sacerdote supremo que oficiaba la misa en la iglesia de Buenos Aires, cuando era niño. Al morir el “profe” Oswaldo Juan, de infarto, con su quiniela de caballos en la mano, o en el bolsillo -no lo sé-, mi padre lo acompañó con los demás hinchas en la despedida final. Se hizo incluso alguna foto al lado del féretro. Era casi cuestión de vida o muerte decirle, ¡chao, campeón! Bárbaro.

Iba a Manizales, iba a las ciudades cercanas para ver a ese Nacional del alma. Sin quererlo, ¿o tal vez sí?, me incrustó ese equipo en el corazón. Como dice el escritor Juan Villoro, cambiar de equipo sería como cambiar de infancia. Esa es mi niñez, al lado de las revistas de El Gráfico, de Argentina, y de mi padre conversando eternamente con el tío Jaime sobre Nacional, River, Boca, el Real Madrid...

Puede ser, tal vez, una tara. Pero es una tara feliz. Es una sensación extraña ir al Estadio y descargar las malas energías de la semana con un gol, con una gambeta que ocurre abajo, en la grama, como si se tratase de una aparición divina. De algún ángel caído, en pantaloneta y de guayos.

El miércoles pasado, después de 30 años de no asistir al Estadio, él, que de niño y después yo, de pelao, fuimos tantas veces, sentí que me daba un gusto al sentarlo en el Palco, para que emocionado viera que había valido la pena alejarse del Estadio por la violencia y ahora volver. Volver a ver una fiesta que nos penetraba los sentidos y que por majestuosa nos sorprendió. Intensa, colorida, iluminada.

Esa Copa, por segunda vez, entre todos los clubes del continente, nos reunió, nos permitió hablar de tantas cosas. Sentí que ese partido de fútbol lo ganó Nacional, y lo gané yo para toda la vida.