Columnistas

Niños escritores

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13 de septiembre de 2018

Estos días en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín son muy agitados, de muchos estímulos que no se procesan al instante. Entre tantas cosas vistas y sentidas sobre las que quisiera poder decir algo, se me ocurre hablar de las primeras veces, de esos primeros encuentros que nos marcan y se quedan con nosotros para siempre.

El domingo pasado, por ejemplo, un grupo de niños salió muy temprano desde una vereda del Oriente de Antioquia con la intención de visitar la Fiesta. Estuvieron preparando este viaje por mucho tiempo, a veces se preocupaban por la ropa, otras por el almuerzo, otras por el bus. Al momento de la salida me enviaron una foto en la que se apreciaban los siete cueros, el árbol típico de la zona, y la carretera empantanada por la lluvia.

Era su primera vez en un evento del libro, y no solo eso, era la primera vez que algunos presentarían, ante un auditorio de 80 personas, un libro escrito por ellos. Los autores estaban nerviosos, ansiosos; sin embargo, tuvieron tiempo de corretear por el Jardín Botánico casi hasta la hora de su gran momento.

Se montaron a la tarima sudados y haciendo valer, con su pelo revolcado, ese derecho a ser niños y a sonreír temblando. Fue muy emotivo todo: desde imaginar lo que habían tenido que hacer para llegar a estar sentados al frente, compartiendo como autores, hasta ver la cara de felicidad de sus papás, quienes nunca imaginaron que sus hijos pudieran ser escritores.

No pude dejar de sonreír durante toda la presentación, algunos se expresaron muy bien, otros estuvieron inquietos en el escenario y pedían la palabra solo por el placer de tener el micrófono en la mano, porque al final no decían nada. La moderadora preguntó cuál era el fragmento que más les gustaba del libro, y uno respondió que el de la valentía, ese que dice “vivo lejos, como a tres montañas de la escuela”. La moderadora quiso saber más, por qué le gustaba ese texto en particular, y el niño respondió con un tono de obviedad y una sonrisa enorme: me gusta porque vivo lejos, como a tres montañas de la escuela. El público soltó una carcajada y yo me quedé pensando en que me gustaría poder expresarme así, silvestre, como Kevin, ese era su nombre, con tanta simpleza y sin la necesidad de razones rebuscadas. Por ejemplo, escribir del amor por las mismas razones suyas, solo por estar enamorado de la naturaleza y de una muchachita muy linda que vive en Rionegro