No, ¡así no es Uribe!
El último artículo “La mentira en la política” lo escribí el domingo antes de finalizado el plebiscito. Cuando llegué al puesto de votación vi tanta gente que me impresioné. ¡Que felicidad! El pueblo participando. Un poco más tarde tuve otra impresión cuando vi de cerca las expresiones de muchos votantes que iban al momento crucial democrático con indignación, verracos. No entendí qué pasaba.
Tres días después lo comprendí cuando leí la explicación de Juan Carlos Vélez en su entrevista en La República, donde contó descaradamente que les había funcionado el engaño.
Claro que sospechábamos que había trampa, que los medios de comunicación se estaban usando en función de una estrategia de la mentira; sabemos que para el senador Uribe el pueblo es una masa ignorante que puede ser manipulada. Lo contó con detalles escalofriantes su gerente del No, renunciado para lavarle las untadas manos al Centro Democrático. Los demócratas de este país conocemos que para Uribe y el CD, la verdad es un ente despreciable, que la ética es solo una máscara para ocultar la trampa y el engaño.
Como hecho político, el No ganó el plebiscito, indiscutible. Pero, sí hay una duda ética de tal dimensión al haber manipulado al electorado, el triunfo pierde su legitimidad moral y política. La renuncia del funcionario no permite minimizar el daño que el CD le ha hecho a la sociedad colombiana al usar el fraude al sufragante como arma política.
¿Cómo entender la conducta de Juan Carlos Vélez? Su arrogancia, contando cómo se cometió un delito electoral se puede explicar bajo la idea de lo que Hannah Arendt denominó la banalidad del mal. La filósofa usó este término para interpretar y explicar por qué un ser mediocre y oscuro como Eichmann, trabajó con eficiencia al servicio de la máquina criminal Nazi. Eichmann no era un débil mental, ni un doctrinario. Vélez tampoco. Había renunciado a pensar y por eso era incapaz de distinguir el bien del mal. Como Vélez. Únicamente la simple irreflexión fue lo que predispuso al primero a convertirse en el mayor criminal de su tiempo, y a Vélez a pensar que su diligencia administrativa al servicio de los jefes, manipulando al electorado, no era criminal. Se equivocó gravemente. En el Título XIV del Código Penal están definidos los delitos en los que pudieron incurrir él y el CD. Estas conductas las confesó Vélez, pero los probables involucrados son muchos más. Es un partido, ¡que horror! Es un partido.
No, ¡así no es Uribe! Si el CD afirma mediante la mentira que el poder crea derecho, nos llevan a la guerra. El derecho ha servido para superar la fuerza y la violencia propias de una sociedad marcada por la guerra, es civilizatorio. Pero el derecho debe estar articulado con la ética. Sin ética, en el derecho se sigue solamente la letra de la ley, pero no su espíritu. Sin conciencia moral el criminal se refiere a sus crímenes como cosas banales. Senador Uribe, no siempre “el fin excusa los medios”.