NO ES UN RESFRIADO... ¡ESCÚCHALOS!
Mientras los adultos hacen un ruido infernal y se agreden de todas las formas posibles defendiendo “su” verdad, en especial en esta época preelectoral en la que solemos olvidar que hay vida más allá de la política, los niños gritan, de muchas formas, para pedirnos que volvamos nuestros ojos hacia ellos.
Escúchalos es una campaña que copio, pego, apoyo, divulgo y pongo en práctica, a la vez que extiendo una invitación a todos ustedes para que hagan lo mismo. Según información de la Alcaldía de Medellín, en 2017 se denunciaron 1.556 casos de abuso sexual infantil, cantidad que aumenta cada año especialmente entre los niños que tienen entre cero y cinco años, aunque las niñas entre los doce y los diecisiete siguen siendo las más vulnerables. Falta conocer los casos que no se denuncian por vergüenza, por miedo de perder estabilidad afectiva y sustento económico, para no alterar el tren de vida que se lleva, porque siempre será más fácil hacerse los de las gafas que enfrentar el problema. Grave error que tiene explicación, nunca justificación: El 95 % de los abusos contra los menores son cometidos por personas de su misma familia o muy cercanos a ella: padres, abuelos, primos, tíos, que pueden ser hombres o mujeres. O sea, pues, que están viviendo con el enemigo.
“El abuso sexual habla de muchas formas”, no lo olvide. Desconfíe. Abra el ojo, esté alerta y busque ayuda si un menor de su familia presenta estos comportamientos: Le da miedo la oscuridad, no quiere estar solo, tiene pesadillas, llora cuando lo llevan a otra casa, deja de comer, casi no habla, no quiere jugar, se toca sus genitales con frecuencia o es grosero y agresivo.
Prevenir es mejor que curar. Desde el Despacho de la Primera Dama, sin importar la condición socioeconómica, porque esta tragedia ocurre hasta en las mejores familias, se están articulando programas y acciones que se adelantan desde las distintas secretarías, no solo para prevenir el abuso, sino para que los niños tengan herramientas que les permitan hacer respetar su cuerpo.
Sirve, y mucho, saber quiénes son sus vecinos y amigos, hablar con los niños sobre los riesgos de internet, la pornografía y la explotación sexual; no mandarlos solos a ninguna parte; conocer sus recorridos habituales; saber siempre a dónde van y con quién. Enseñarles que ninguna persona tiene por qué tocar sus partes íntimas ni tomarles fotos desnudos; que duerman solos y crear, en general, ambientes protectores para ellos, sin inculcarles miedo por todo el mundo pero sin dormirse sobre los laureles. Y, como siempre, sigue vigente el “no le reciba nada a extraños”, que tantas veces hemos dicho y oído.
Padres, familiares, amigos y vecinos tenemos la obligación moral de acudir a las Comisarías de Familia, de llevar al niño abusado a un centro de salud si nos damos cuenta de que el caso acaba de ocurrir, de llamar a la línea social del 123 o de denunciar ante el ICBF para que se despliegue de inmediato un operativo de protección al menor, sin pena, sin miedo, sin indiferencia y sin pensarlo dos veces. El abuso sexual no es un resfriado que se quita en pocos días. Sus secuelas, físicas, sociales, conductuales y emocionales pueden hacer estragos en los niños por el resto de su vida desde muy chiquitos, cuando deberían ser y estar, simplemente, felices y tranquilos.