Columnistas

No matarás

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19 de octubre de 2017

Por más que lo intento, todavía me resulta incomprensible que alguien asesine a otro. Que alguien se cargue una vida por venganza, por ira, porque le pareció que tal o pascual eran poca cosa. Una puñalada en el corazón, un disparo en la cabeza, la sangre que inevitablemente debe quedar en alguna parte del cuerpo o en la conciencia. ¿Conciencia? ¿Será? Asesinar resulta fácil, a nadie se le niega la oportunidad de morir antes de tiempo, qué cuentos de Dios y de muertes naturales, hay pequeños dioses armados en esta ciudad que definen iracundos cuándo se expira, cuándo la ruta es no volver a casa.

No hay Dios que salve, a veces ni gente, así sea un tumulto de personas cargadas de esperanza. Morir asesinado es sencillo, solo se requiere de la voluntad del asesino, que haga bien su trabajo, que su aliento supere el aliento de quien trata de huir, de quien pasa del pánico, del horror del impacto del puñal o la bala, a la agonía de la muerte. Después... el lamento, la incomprensión de quienes seguimos vivos. ¿Por qué alguien decide asesinar a otro? Todavía no lo entiendo, quisiera saberlo, yo creo que para todo debe existir una razón. Entonces me equivoco. Uno no puede hacer el esfuerzo de entender un asesinato, nada lo justifica, nada lo vale, nada en esta vida, por más enemigos que seamos, por más daño hecho, por más justicia que quiera cargar conmigo mismo, debe llevarme a la conclusión de que era necesario quitar una vida. ¡Quitar una vida! No importa si, como dicen, no vale nada, no ha hecho nada. Una vida es una vida y debe ser como es. La sociedad necesita de la vida, de todo tipo de vidas, así a mí la de todos, el conjunto que nos reúne cada mañana en el universo de los desencuentros, me resulte incomprensible.

Antier asesinaron a un líder social en Tumaco, Nariño, el mismo lugar donde el 5 de octubre asesinaron a siete campesinos. El sábado asesinaron a un joven de 17 años cuando se realizaba un concierto por la vida en el cementerio San Lorenzo, en Medellín. Asesinan, en este país siempre asesinan. Pienso en estos muertos que aparecen en los medios, que te cuentan, que descubres, pero ¿qué será de los muertos anónimos que no los evoca ni un titular, de los jóvenes que siguen asesinando porque sí?

¿Qué nos queda? Seguir gritando por la vida, por la comprensión, por el diálogo, por la voluntad de que cada asesinato nos duela, huirle a la costumbre y a las justificaciones de la muerte. Si uno escribe columnas sobre esto es para tratar de entender, así sea un poco, lo que pasa, para que estos actos al menos queden fijados y puedan ser leídos por otros. Las palabras tienen un efecto de vida, y la vida no morirá siempre y cuando unos pocos recuerden que es posible vivir algún día en paz, como en un sueño que deja atrás la pesadilla de la violencia