No tengo que explicar por qué
no soy madre
Por Rebecca Solnit
Hace unos años di una conferencia sobre Virginia Woolf. Durante el turno de preguntas, el tema que más parecía interesar a un buen número de personas era el de si Woolf debería de haber tenido hijos.
Lo que tendría que haber dicho a aquella audiencia era que nuestra indagatoria acerca del estado reproductivo de Woolf era una desviación sin sentido y soporífera de las magníficas cuestiones que su obra plantea. Estaba lo bastante familiarizada con esta clase de preguntas. Hace una década, durante una conversación que se suponía que tenía que girar en torno a un libro que yo había escrito sobre política, el hombre británico que me entrevistaba parecía empeñado en que, en vez de hablar sobre los productos de mi mente, debíamos hablar sobre el fruto de mis entrañas, o la ausencia de frutos. En el escenario me agobiaba con preguntas sobre por qué no tenía hijos, pero daba la impresión de que ninguna de las respuestas que yo pudiera ofrecer le satisfacía. Su postura parecía ser la de que yo debía tener hijos, que era incomprensible que no los tuviera, de modo que tuvimos que hablar sobre por qué no los tenía en vez de sobre los libros que sí tenía en mi haber.
Ahora soy yo quien formulo a modo de pregunta, para ponérselo difícil a algunos de los que me hacen preguntas: “¿Le preguntarías esto a un hombre?”. Parece haber la idea de que no hay mujeres, es decir, el 51% de la especie humana, tan diversas en sus necesidades y tan misteriosas en sus deseos como el otro 49 % de la población, sino solo mujer, que debe casarse, reproducirse y dejar que los hombres entren y los bebés salgan, como si fuese un montacargas de la especie. En el fondo, estas preguntas no son más que afirmaciones de que quienes nos imaginamos a nosotras mismas como personas individuales que trazan sus propios caminos estamos equivocadas.
Algunas personas quieren tener hijos, pero no los tienen por diversas razones privadas, médicas, emocionales, financieras, profesionales; otras no quieren tener hijos, y esta es una decisión que no incumbe a nadie más que a ellas. Solo porque sea posible responder a la pregunta no significa que nadie esté obligado a contestarla, o que se deba preguntar. La pregunta del entrevistador me resultó indecente porque asumía que las mujeres deben tener hijos, y que las actividades reproductoras de una mujer eran, naturalmente, un asunto público. Pero lo fundamental es que la pregunta daba por supuesto que las mujeres solo pueden vivir de una única forma correcta