Columnistas

Nostalgia

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05 de mayo de 2018

Amable lector. Al inicio de la segunda mitad del siglo XX (1951) ingresamos a la Escuela de Economía, hoy Facultad de Economía de la U. de A., un grupo de bachilleres, en su mayoría de los colegios de San José, San Ignacio y la U. de A. Arriba de la Plazuela de San Ignacio estaba el claustro de esa incipiente escuela.

Era un local desprovisto de toda gracia arquitectónica; la puerta de entrada era similar a la de un garaje público. En el centro había un pequeño patio con un árbol de mangos. Juancho, el portero, después del decano era la persona más importante. Alrededor del patio había unos salones estrechos e incómodos.

Las materias básicas eran aritmética analítica, álgebra, estadística y matemáticas financieras. En el campo jurídico, además de la carta política, nos enseñaron varios códigos, incluyendo principios éticos. En contabilidad aprendimos algo sobre teneduría de libros. En economía, con el profesor, estudiamos cinco capítulos de los quince que tenía el libro.

Hace unos días, un domingo en la mañana las nubes presagiaban lluvia y hacía frío. Unas pocas personas nos reunimos para despedir a un compañero de toda la vida. Édgar Gutiérrez Castro, egresado de la Facultad de Economía. Luego de terminar sus estudios acá, estuvo en una prestigiosa escuela de economía en Londres.

Fue ministro de Hacienda y lideró una buena reforma tributaria, con énfasis en los impuestos territoriales, que tanto beneficio les han dado a los departamentos y municipios. Su simpatía, que era natural en él, le permitió ser el centro de toda reunión. De conversación agradable, generoso y sin fanatismos de ninguna clase.

Al retirarme de aquel lugar, con tristeza quise regresar a la esquina de la facultad; que en ese entonces era la hija menor de la Universidad de Antioquia. Escuché las voces y sonrisas de los compañeros, muchos se han ido a la eternidad. Me pareció ver de nuevo las alumnas de La Presentación, La Enseñanza, El Gimnasio Caicedo y El Instituto Central Femenino. Un compañero las saludaba con respeto y les decía: “adiós Nena”.

Luego contemplé el desempeño de la Universidad y en especial la Facultad de Medicina, que tanto lustre le ha dado a la Alma Máter. Innumerables egresados de esa facultad son el orgullo no solo de la Universidad, sino de este pueblo.

Al valorar las demás, incluyendo la de Economía, tuve la sensación que el mundo me daba vueltas y que quizá perdí la razón, al imaginarme que con excepción de medicina, las demás facultades padecen anemia crónica.

En uno de los evangelios se lee que: “Por sus frutos los conoceréis”. Cuando se consultan las hojas de vida de los médicos egresados de la U. de Antioquia, son muchos los que brillan. En cambio, es difícil encontrar alguno en los demás campos del saber.

La gente de nuestro departamento, la más trabajadora, honrada y educada, vive del pasado. Poco a poco, hemos perdido la identidad. Sin darnos cuenta, otros nos superan por mucho, en especial en el campo de la educación.

Gracias, Édgar, por el camino que recorrimos juntos.