Columnistas

NUESTROS PROFETAS DE HOY

20 de agosto de 2015

QUITO. Mientras observaba la protesta social contra el gobierno correísta, me flagelé con Telesur, un bodrio de canal televisivo financiado por el gobierno venezolano y dedicado a la propaganda desvergonzada, con documentales ad nauseam en blanco y negro de Fidel Castro, el Ché Guevara, Allende, Chávez, las Farc y las avinagradas “luchas del pueblo”. Me sentí en La Habana o en Pionyang. Escuché al Correa soltándole a un grupo de jóvenes un borbotón de ideas, lemas y datos catequizados por Eduardo Galeano, un gurú arrepentido del izquierdismo latinoamericano. Luego escuché a la Rousseff, con cara de trasnocho, en la misma tónica combativa y tratando de justificar, con argumentos también de 1960, la peor crisis económica de su país en 25 años, la corrupción de su partido y su popularidad del 8 % que la está llevando a la renuncia o destitución. Y en el tercer capítulo de la serie que podríamos llamar “Nuestros profetas de hoy”, apareció Maduro diciendo sin empacho lo mismo de Correa, lo mismo de Rousseff, lo mismo de Ortega, de Evo y de la Kirchner, gobernantes fracasados en sus promesas de bienestar y justicia y quienes le echan la culpa de su estropicio, como siempre, al imperialismo, al capitalismo, a la burguesía criolla... y a los marcianos. En un avance noticioso, mostraron a Maduro sonriente con el aimara Morales y la momia de Castro, quienes insisten en manipular a sus huestes de “militontos” con bonos, responsos y estampitas.

La cosa sería de risa si no es porque a la estulticia de estos nuevos Iluminados de la “robolución”, se agrega una anomia social que nos está arrumando a todos en el basurero moral de la resignación. En Colombia, el problema es más complejo. Volvimos a ser los principales productores de cocaína del mundo y las farc, que han acumulado suficientes fondos para financiar sus campañas, tanto militares como políticas, ya tienen bases territoriales, buscan la bendición vaticana y juegan con un gobierno que las pudo someter y no quiso por un vanidoso anhelo de trascendencia social, que no histórica.

Una vez legalizado su narcotráfico, -¡qué vergüenza ante el mundo y qué infamia con quienes entregaron su vida luchando contra ese flagelo!-, aquí, como en el vecindario, las riendas del poder se amarrarán a los desastrosos destinos del socialismo del siglo 21: De la Calle se proyecta como el presidente de las Farc y Naranjo como el guardaespaldas de los verdugos de sus policías.

El gobierno colombiano de turno le está haciendo trampa a la historia para llegar de primero a un nuevo ciclo de barbarie. No queda sino recordar la letra del argentino Discépolo –no digo su primer apellido por fastidio- en el tango “Cambalache”.