La estrategia de asustar a los colombianos con los fenómenos de El Niño o La Niña nunca ha sido la mejor manera de adaptarse a estas circunstancias naturales. Ya nos pasó este año donde las imprecisiones sobre la manifestación de El Niño causaron los peores impactos del clima sobre la inflación, la generación de energía, la agricultura y ganadería, y el suministro de agua potable para todos los colombianos, nunca antes visto.
Anunciar la lluvia como un peligro para la sociedad es un gran error. La lluvia siempre se manifiesta naturalmente de manera cíclica con exceso o déficit, y su manifestación extrema no debe ser usada para otras actividades diferentes a la de planificación de la vida y la sostenibilidad de las naciones.
Por naturaleza, no podemos comparar las lluvias acontecidas en la mal llamada “ola invernal” de los años 2010-2011-2012 con las actuales manifestaciones del Océano Pacífico donde todavía, a pesar del consenso del 75 % de posibilidad, siguen mostrando condiciones cercanas a las normales en el océano para los próximos meses; es más, algunos modelos de igual importancia y de las mismas fuentes de información ven cómo se aleja esta posibilidad.
De acuerdo a la propia agencia norteamericana atmosférica y oceánica -NOAA- (por sus siglas en inglés) el pronóstico IRI/CPC de mitad de junio, la probabilidad de su manifestación bajó al 62 %, y su tendencia de descenso continúa. Incluso el servicio Global Weather Oscillations-GWO informa en su página que “la superficie del agua ya no está actualmente en proceso de enfriamiento y no va hacia un fenómeno de La Niña fuerte o moderada como muchas organizaciones lo han dicho”, afirma que actualmente “se están presentando condiciones neutrales y la subsuperficie del agua (del Océano Pacífico) ha parado su enfriamiento”.
Pero es importante entender que aunque La Niña 2016-2017 madure o no madure este año, no nos salva de las inundaciones o deslizamientos del próximo semestre. El solo hecho de que el Océano Pacífico se enfríe por debajo del promedio (sin La Niña) nos trae precipitaciones por encima del promedio, especialmente, en la segunda temporada de lluvias del año (septiembre-octubre-noviembre), que incluso se podría extender más de lo calculado para el 2017 inclusive para el 2018.
Una cosa es el análisis de La Niña que tiene su aparición en el océano y otra muy diferente son la prevención de inundaciones y deslizamientos en Colombia. La deforestación y degradación de tierras que aumenta escandalosamente en el país, con los ríos llenos de lodo y tierras inestables han hecho que la vulnerabilidad de los colombianos a las inundaciones y avalanchas para esta segunda temporada de lluvias aumente. Pero la culpable no será una Niña.
Los anuncios acerca del clima no deben ser ocasionales referentes solamente a la probabilidad de La Niña o de El Niño, sino diarios, semanales y mensuales referentes a la variación de la intesidad de las estaciones de lluvias que nos marcan los patrones cíclicos del clima con pronósticos para el incremento o reducción de la productividad en cultivos, de la capacidad de generación de energía, o de la disponibilidad de agua potable en los acueductos.
Por lo tanto, al contrario, la estrategia debe ser el anuncio de oportunidades que la lluvia nos trae para la seguridad energética, del agua potable para los pueblos con sed, de la reducción de enfermedades, de la recuperación de cultivos y la seguridad alimentaria y nutricional.
Es verdad que La Niña 2010-2011-2012 afectó a más de dos millones de personas en 706 municipios, en 28 departamentos del país, con más de 300.000 viviendas averiadas, pero también es verdad que el país debe estar adaptado a estas extremas circunstancias, cuyo proceso nos tomará bastante tiempo, sobre todo cuando las propias autoridades no han sido capaces de detener nuestra propia devastación y degradación de los territorios. La clave está en la habilidad de nuestros dirigentes en liderarlas mirando hacia el futuro, no al pasado.