Columnistas

Nuevos retos de las democracias

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29 de mayo de 2018

Hechos recientes están conduciendo a algunos de nosotros a creer que los registros que deja Google sobre nuestras búsquedas en las redes, o Facebook sobre nuestras amistades y creencias o las noticias falsas que se divulgan por intermedio de Internet, son armas que se prestan para apoderarse de los Estados, para pervertir las democracias y sostener las dictaduras. El derecho a la privacidad parece ser tema del pasado.

Debo admitir que nada de lo anterior me agrada. Pero admito, así mismo, que ambas compañías operan bajo las duras regulaciones de los mercados. Están haciendo ellas dinero y hacer dinero solo puede lograrse de una de estas dos maneras: ofreciendo a las personas algo que ellas desean y están dispuestas a pagar, como sucede en las democracias capitalistas. O bien, despojando a las personas de su dinero, contra su voluntad, a la manera de las dictaduras socialistas. Las empresas trabajan de acuerdo con lo primero, están sujetas a la merced de sus consumidores. El Estado socialista opera de acuerdo con lo segundo, despojando a los ciudadanos.

Con lo anterior no pretendo afirmar que no entraña un gran problema la facilidad con la que se puede jugar hoy con las informaciones falsas, las emociones y la ignorancia de grandes segmentos de la población.

Consideran muchos que radica la solución en que “regule” el Estado las empresas como las dos aludidas. Recomienda otros que cuiden los usuarios sus datos, si deciden publicarlos en redes, sepan que estas los usarán para conocerlo a usted y darles a las marcas comerciales y a los políticos el acceso a un consumidor o un votante con características precisas. Pero ahí surge otro gran interrogante: ¿se aplicarán estas regulaciones a los datos que los gobiernos recogen en forma secreta, con nuestro dinero? La amarga realidad es que las “investigaciones” en manos de los Estados sí pueden convertirse en armas más letales que las informaciones en manos de las empresas privadas.

Dos ejemplos al caso. Facebook causó un gran desastre por intermedio de Cambridge Analytica. Facebook ha prometido reformar sus políticas, ojalá cumpla, y Cambridge acaba de clausurar sus actividades. Edward Snowden, empleado de la CIA en 2013, le informó al mundo que el gobierno estadounidense espiaba a casi todos los países del orbe y nada sucedió. Excepto, quizá, que canalizaron más dinero para controlar las fugas de información estatal.

Resulta obvio que no existe sobre el tema una solución utópica y perfecta. Pero debo reconocer que en relación con las empresas privadas sí existe un mecanismo de control automático, el relacionado con la pérdida de su valor, con los temores que esta pérdida les inspira. Respecto del Estado, vale la pena preguntarse: ¿seguirá acaso espiando este a pesar de decir que no está espiando?

Documento fuente de esta nota: What makes AI dangerous? The State. Autor: Per Bylund.