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¿OBAMA PUEDE PERDONAR A MILLONES DE INMIGRANTES?

08 de julio de 2016

Por PETER L. MARKOWITZ
redaccion@elcolombiano.com.co

Cuando la historia del legado del presidente Barack Obama sobre inmigración sea escrita, no quedará registrado en la historia como un presidente que actuó con osadía para proteger a millones de familias de la brutalidad de las despiadadas leyes de inmigración de nuestro país. La Corte Suprema se aseguró de esto el mes pasado, cuando quedó en un punto muerto en cuanto a la legalidad de su programa para posponer la deportación de padres de ciudadanos y residentes americanos. En cambio será juzgado con base en lo que realmente hizo: deportar a más inmigrantes que cualquier otro presidente en la historia americana, lo cual le ganó el apodo “deportador jefe.”

Sin embargo, Obama aún puede actuar para traer humanidad y justicia a un sistema de inmigración que es notorio por su falta de ambas cosas. Puede hacerlo usando el poder que la Constitución le ofrece a él, y solo a él, de indultar a individuos por “ofensas contra los Estados Unidos.”

El debate sobre el programa de aplazamiento de la deportación ha sido enmarcado como una cuestión de división de poderes. Ambos lados están de acuerdo en que el Congreso es la única entidad que puede definir ofensas contra los Estados Unidos.

Sin embargo hay un área en la cual la habilidad unilateral del presidente de abstenerse de castigar es incontestada y apoyada por un precedente de más de cien años en la Corte Suprema: el poder del indulto. Consistentemente ha sido interpretado para incluir el poder de ofrecer amplias amnistías de la prosecución a grandes grupos cuando el presidente considera que es para el bien del interés público.

Dichos indultos han sido utilizados por presidentes que incluyen a George Washington, Thomas Jefferson, James Madison, Abraham Lincoln y Andrew Johnson. Más recientemente, Jimmy Carter indultó a aproximadamente medio millón de hombres que habían violado leyes de reclutamiento para evitar el servicio militar en Vietnam.

Es una conjetura común que los perdones presidenciales pueden ser utilizados solo para ofensas criminales, y es cierto que no han sido utilizados antes para violaciones civiles de inmigración. Sin embargo, la Constitución extiende el poder a todas “ofensas contra los Estados Unidos,” lo cual puede ser interpretado más ampliamente que solo ofensas criminales.

Un perdón presidencial no podría lograr todo lo que aspiraba lograr el programa de deportación diferida, notablemente, no puede dar permisos de trabajo. Sin embargo, tiene cierta elegancia operacional que evitaría gran cantidad de batallas políticas que rodean al programa de aplazamiento. No sería necesario ningún proceso de solicitud. Un indulto es efectivo inmediatamente después de ser expedido por un presidente.

Ciertamente el Congreso sería impotente para restringir el perdón presidencial ya que la Corte Suprema ha dejado claro que “El Congreso no puede interferir de ninguna manera con el poder del presidente para indultar”. Obama tiene tiempo suficiente para expedir tal indulto. Hay precedente histórico y legal sólido para hacerlo.

Finalmente, hay quienes seguramente alegarían que un indulto que protege de la deportación a una gran categoría de inmigrantes efectivamente sería lo mismo que una revocación de leyes promulgadas por el Congreso, así como lo haría el programa de aplazamiento de deportación. Sin embargo, los perdones no hacen nada para alterar la ley. Protegen a ciertos infractores pasados del castigo y el enjuiciamiento, pero dejan inalterada la ley para su aplicación a futuros infractores.

Obama ha deportado a unas 2.5 millones de personas. Esa cifra es más o menos la misma cantidad de personas que fueron deportadas en todo el siglo XX.

Nos queda un legado brutal de millones de familias destrozadas, muchas simplemente por hacer lo que tenían que hacer para proteger y dar de comer a sus hijos. Obama no será juzgado por sus intenciones ni sus intentos en inmigración, sino por su verdadero impacto. Esta es su última oportunidad para establecer un legado de compasión pragmática.