Oposición o tósigo
Un cosa es la oposición, otra el veneno. Rueda desde la montaña un río que alimenta el acueducto urbano. Ingenieros construyen presa que obstruye el libre fluir del líquido, desvían el cauce, corrigen la naturaleza para obtener energía eléctrica mediante turbinas impulsadas por nuevo vigor acuático. Hacen oposición, enmiendan a Dios.
Algunos dementes o rufianes de intenciones oblicuas vierten sobre el mismo río abundancia de cianuro, plomo, mercurio, sustancias letales. La mezcla entubada sale de los grifos domésticos, las madres preparan con ella biberones, sopas, jugos, cafés. Antes de morir entre jadeos, los ciudadanos suponen que los líquidos son benéficos. Ignoran que alguien emponzoñó las fuentes.
Los opositores multiplican los ojos aplicados al bienestar común, aplican sobre los problemas miradas en sesgo, completan desde ángulos insólitos la opinión mayoritaria. De su acción se derivan desarrollos no previstos por la autoridad. Se oponen no para obstruir como vacas muertas sino para generar adelantos.
El trabajo de los envenenadores es funesto, con tal de salirse con las suyas arrasan inocencias, sobre los escombros plantan el malpensamiento. ¿Cuáles son las suyas? El poder desmedido, la visión unidimensional, un rencor enconado, un dogma incrustado en lo amargo de la memoria.
En la mayoría de casos los envenenadores públicos difunden su tóxico no por evidentes canales de acueducto, sino por conductos espirituales sigilosos. No se exponen al castigo, no evidencian su garra enguantada. Entonces propagan infundios. Conocen bien su artimaña, soplan las velas del miedo, echan a volar cuervos negros, torvas aves, diablos alados de los que escribió Poe.
Tienen inteligencia, saben que cada patraña ha de contener algún fundamento, por pálido que sea, que la cubra de autenticidad. Saben que han de aguardar la oportunidad, el instante exacto cuando el golpe sea más eficaz. Tienen inteligencia, tentáculos en redes y círculos, informadores, orejas que suministran la dosis cabal de escándalo. Tienen inteligencia, cultivan la multiplicación de mentiras que por aturdimiento adquieren brillo de verdades.
Así envenenan las almas generosas, emborronan el aire. Sus comunicadores reiteran el aturdimiento sin atender las pruebas con que la veracidad intenta limpiarse la camisa blanca. No son oposición, son tósigo.