Otra herencia
“Justiciero, apagá el fuego en el cenicero, no existe honor en el acero, ¿Quién va a clavar tu cruz en el suelo, papito?”. Justiciero de Bajo Tierra.
Yo heredé esta guerra antes de nacer. Me venían sus perturbaciones en la sangre. A mi papá, un hombre bueno y justo, le tocó vivir el bogotazo como estudiante. Conoció los horrores de una ciudad sitiada. Vivió y eventualmente murió en un país sin paz. Para mí, la guerra siempre ha estado ahí, en todas sus formas. Recuerdo el aturdimiento de mi viejo cuando se tomaron el Palacio de Justicia. A él todas las violencias de este país lo avergonzaban. “Este es un paisito”, decía, en diminutivo, ofendido, porque no teníamos la grandeza para superar nuestras diferencias y conflictos. El día que mataron a Lara Bonilla estábamos los dos solos en casa. Al oír la noticia a él solo se le ocurrió irme a buscar para compartirla. Yo, apenas un niño acercándose a la pre-adolescencia, no entendía lo que pasaba. Me dejó impactado su rostro desencajado, tanto que es uno de los recuerdos suyos más vívidos que tengo: su cara asustada y aturdida. No entendía él, yo menos aún.
No me traen ninguna simpatía los jefes guerrilleros. Siempre al verlos hay que contener el insulto y la rabia. Y les digo más bien que hasta acá fue. A ellos y a todos los que han hecho de esta guerra inútil su oficio. Les digo que no tienen derecho a hurtarnos nuestro país, no señor, y que bien pueda carguen con sus crímenes en la conciencia, si es que la tienen. Pero que nosotros decidimos que hasta acá fue, que nos merecemos la oportunidad de construir un país diferente en la ausencia de un muerto más por su inaudita batalla.
Y lo hago por la memoria de mi viejo, por lo que me resta de vida y sobre todo y más que nada, por sus nietas, mis sobrinas. Que este conflicto se acabe de una buena vez, ya veremos qué hago yo con el rencor y el odio, pero las niñas se merecen la posibilidad de otro país, de otra herencia.
Que no las habite esta guerra, como me habitó a mí desde que nací. Que sepan que sí, que muchos de sus actores principales salieron supuestamente sin el castigo debido por sus crímenes, los de ahora y los que la han hecho desde siempre. Y que sepan que todos hemos salido derrotados, por todo el dolor, todo el odio, todo el malestar. Que esto ha sido en realidad una derrota perpetua. No hay ninguna victoria para nadie. O tal vez sí, puede haber una, y es entregarles a ellas la única victoria posible: un país dispuesto a recorrer el camino del entendimiento sin más muertos. Ya verán si lo quieren transitar.
Para que las luchas de mis sobrinas sean otras, que sepan ellas que se actuó con generosidad y que tienen la posibilidad de un país distinto. Y si esa generosidad es traicionada, busquen caminos. Pero que tengan la oportunidad de un país grande como se merecen.