Columnistas

Otra mirada a la convivencia y a la empanada

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22 de febrero de 2019

Por Guillermo López Álvarez

Tal vez no hay una función más importante para el administrador de una ciudad que cuidar que la convivencia no se quebrante. Admitiendo todos los argumentos de pobreza, de falta de trabajo formal, de ganas de hacer algo útil por la sociedad, de la persona que frita empanadas en la calle, también hay que tener en cuenta los argumentos de quienes trabajan formalmente y tienen como competidores a los dueños de chazas que están justo al frente de las vitrinas de sus negocios.

El dueño del negocio formal de comidas paga arriendo, servicios, subsidios de energía y agua, tasa de aseo, impuestos de industria y comercio, predial, de renta, de riqueza, IVA, paga salud, pensión, riesgos profesionales, parafiscales, solidaridad, uniformes y otras cosillas.

El dueño de las empanadas no contribuye con nada al mantenimiento de los bienes públicos, pero sí los usa gratis. Los peatones se tienen que bajar de las aceras para no chocar contra sus carros de comidas y los vecinos tienen que soportar los olores de las fritangas, porque de otra manera los tachan de intolerantes. Además, donde hay vendedores estacionarios en las aceras, todo se desvaloriza. Pero si interviene la policía entonces todos se ponen de parte del violador de la convivencia. La igualdad en el trato es un criterio fundamental de la convivencia.