OTRA VEZ LA CORRUPCIÓN
Vuelve y juega. En el índice de percepción de la corrupción de 2015 realizado por Transparencia Internacional quedamos con los mismos 37 puntos sobre 100 del año anterior y en el deshonroso puesto 83. No es sorpresa para nadie. Así funcionan las cosas. Cada día un escándalo mayor de corrupción tapa el anterior. Lo que en cualquier sociedad decente sería un espanto para nosotros es cotidiano. Se roban la plata de la alimentación de los niños, las obras cuestan varias veces más de lo presupuestado, se malgasta en estudios inútiles, etc. Y sigue uno viendo a los corruptos tan campantes por calles. Y la verdad es que por mucho que se denuncie, eso lo van arreglando en las instancias de investigación y justicia y con los años nos olvidamos y la impunidad reina.
La corrupción es un monstruo que se alimenta así mismo debilitando las instituciones que son el soporte de nuestra sociedad. Esto sucede no solamente desde el descalabro financiero y administrativo causado por el desfalco, sino que el engendro babeante se perpetua a través de la pérdida de confianza del ciudadano en el sistema. ¿Cuántos colombianos creen en el Poder Judicial o en el Congreso, por nombrar dos instituciones que deberían inspirarnos confianza y sentido de pertenencia? Muy pocos realmente. Ahora hasta Ecopetrol, orgullo nuestro, está en el ojo del huracán con Reficar.
El ciudadano pierde la esperanza. Nos vamos entregando al dolor. Las instituciones no funcionan apropiadamente. No confiamos y dejamos de creer y participar. El terreno queda perfectamente abonado para que sigan los mismos con las mismas. Este es precisamente uno de los grandes perjuicios causados por la corrupción más allá de la pérdida del recurso.
¿Qué podemos hacer? Miremos lo de Reficar. Ahí está el gobierno actual echándole las culpas al anterior y este devolviéndolas. Si me preguntan, creo que deben investigar a todo el mundo, pues en caso de que se haya iniciado la guachafita desde el principio, le cabe mucha responsabilidad al que siguió si no hizo nada (o si participó de la fiesta). Allí hay que analizar de fondo qué produjo los actos de corrupción, dónde fallaron los controles, dónde fallamos como sistema e institucionalidad, más allá de unas personas particulares que deben ser castigadas ejemplarmente.
Realmente lo que nos interesa es ese fortalecimiento institucional y en especial de los organismos de control. Eso se logra solo si lo tenemos como un propósito de Estado y de todos. Porque acá nos acostumbramos a que sean instrumentales a objetivos políticos, a intereses individuales, a la defensa sin más del privilegiado o bien conectado.
En una sociedad decente son las instituciones las que deben trascender. Su manejo debe ser pulcro y al servicio de todos sin distingo. Aquí en Colombia nos quedamos atónitos al descubrir el nivel de penetración de los tentáculos corruptos en ellas. Se han apoderado del Sistema y lo han puesto a su servicio. Es como si solo se actuara cuando el escándalo es inocultable o se persigue al enemigo. Ahí es donde debemos primero incidir como objetivo nacional a ver si salimos del embrollo.