PAÍS DE ALIAS
Mucha agua ha corrido por debajo del puente desde cuando Colombia era un país reconocido en el mundo por el café, la agricultura, las esmeraldas y sus dos mares. De un tiempo para acá los referentes han cambiado. Marihuana, cocaína, sicarios, narcos, pablos y patrones al servicio de la delincuencia han hecho que, en vez de agua, sea mucha sangre la que baña este mapa de lágrimas.
Si bien el turismo ha ganado terreno y nuestras ciudades siempre están llenas de extranjeros que quieren conocer el país, unos “a pesar de todo” y otros para buscar provecho de ello, los de la casa sabemos que sujetos como alias Tom, alias Dieguito, alias Botija, alias Mi sangre, alias el Alacrán, alias Él y los que actúan como él, entre mil más, nos han puesto la vida a cuadritos.
El alias se usa para encubrir la verdadera identidad. Muchas veces alude a una característica física, a un gusto por una comida en especial, a un parecido con algún animal, a una afición o al héroe que hubiera querido ser y no fue.
Los efectos de un alias en la personalidad de quienes lo asumen, son cierto reconocimiento dentro del bajo mundo en el que se mueven, una licencia para sembrar terror en la zona donde actúan y un halo de encubrimiento con el que difícilmente uno pueda encontrarse. Uno se encuentra con José, con Pedro o con Pepito Pérez, pero los alias son etéreos.
Muy difícil conservar el optimismo en un país donde todos los días un nuevo alias aparece de la nada reseñado por un acto violento, porque fue capturado, dado de baja o porque sigue en la cadena de sucesión como jefe o miembro de un cartel de los muchos que quieren acabarnos a lo largo y ancho de las ciudades, el campo, los pueblos, los barrios, las instituciones...
Bueno, ahora que lo pienso, no es verdad. No a todos nos desanima la propagación de alias: Cualquier ciudadano de a pie se encuentra con alguno de los pocos alias que reconocemos y no duda en tomarse una foto con él. Para la muestra, alias Popeye, un “ex bandido” con más de tres mil muertos encima y más de cincuenta mil seguidores en Twitter, como si fuera la estrella de una película de ficción y no el gatillo sanguinario y “famoso” de una época que representó la realidad más violenta de unas generaciones que quedaron, para siempre, dando vueltas en un remolino de aguas sucias y mal olientes.
O alias Timochenko, Timo para los adeptos de confianza, que no tiene hoja de vida sino prontuario, y que es candidato a la presidencia de la República por el partido de las Farc. Con alias Pastor Álape, candidato al Senado, han sido autores o coautores de masacres, secuestros, desplazamiento forzoso, narcotráfico, extorsión, reclutamiento y violación de menores, entre lo que recuerdo así por encimita.
Y si la justicia cojea, la sanción social se arrastra a la velocidad de una babosa. Protestamos duro y en coro por redes sociales, pero no hay una reacción masiva, efectiva ni fuerte de repudio contra los delitos y los delincuentes.
El nuestro es un país sufrido y aguantador, de alias y de carteles que se reparten, por parejo y entre todos, la violencia, la corrupción y la desesperanza.