Papitos invisibles
“Le tocó casarse”, “le tocó volarse”, “Fulano tiene un hijo, pero nadie sabe”. En nuestro medio, las herencias culturales han convertido la paternidad adolescente en un campo tan explotado en lo social como relegado en lo científico (ciencias sociales, de la salud). Podría asegurar que cada lector de esta columna conoce a un “hombre hecho y derecho” que tiene un “hijo regado”, producto de una relación juvenil.
No obstante, el lugar mental y social de la problemática del embarazo adolescente se vincula con las niñas, quienes suelen tomar la decisión de continuar o no con la gestación, de asumir o entregar la crianza del hijo.
El cuerpo en desarrollo del adolescente (hombre) no se arriesga durante el embarazo. En Latinoamérica y el Caribe, la mortalidad materna en mujeres entre 15 a 19 años es una de las causas más importantes de muerte. En caso de elegir una interrupción voluntaria del embarazo (IVE), el joven que procrea tampoco corre peligro físico relacionado con el procedimiento: del total de IVE inseguras (mal practicadas, fatales) en esta región del mundo, el 15% se produce entre mujeres adolescentes.
En cuanto a prácticas culturales: los niños no son sometidos a la desigualdad de género manifiesta en el matrimonio infantil (algunas tribus indígenas) o la imposición de los oficios domésticos simultáneamente con el estudio y el trabajo. Los niños no siempre se ven obligados a interrumpir sus estudios como consecuencia del embarazo y la crianza.
El “papito” no carga un estigma social: esparcir su semilla lo erige como un “varón” (al margen de que acompañe o no a su pareja). A nosotras, la sociedad nos exige maternidad (función biológica y social); a los hombres, sólo reproducción (función biológica).
Gloria Penagos, quien coordinó el Plan Departamental de Prevención del Embarazo Adolescente del Departamento, dice que en los últimos años la tasa de embarazo adolescente en Antioquia evidenció un descenso de 5,5 puntos por cada mil adolescentes: “Bajamos [la cifra] a 1884 embarazos de 15 a 19 [años], la tarea eran 1565. Cumplimos en un 120,38 %. De 10 a 14 [años] era tarea bajar 292 y solo logramos 84, no cumplimos”.
Los avances son importantes, pero quedan tareas pendientes. Proyecciones recientes señalan que la tasa de fecundidad adolescente en América Latina será la más alta del mundo y se mantendrá estable durante el período 2020 – 2100*. La prevención del embarazo adolescente nunca ha hecho parte del ‘gran’ discurso político. La paternidad adolescente es prácticamente invisible.
“En Colombia hay una gran carencia de datos epidemiológicos y sociodemográficos que permitan identificar los efectos que tienen sobre las condiciones sociales de la salud integral de los adolescentes, como por ejemplo en la fecundidad adolescente”, concluye ‘La experiencia de la procreación en adolescentes varones de la ciudad de Medellín’, investigación del psicólogo Juan Diego Escobar (2012).
Insistir en la corrección de los problemas estructurales en lugar de privilegiar la inversión en su estudio y prevención; y estimar el progreso en términos de infraestructura física (puentes, carreteras, túneles) y no de potencial humano, son las ‘marcas registradas’ de esa condición infame que es el tercermundismo.
*Fuente: ‘Vivencias y relatos sobre el embarazo en adolescentes’, Plan y Unicef (2014).